Hace ya varios años[1] hice un video en el que hablaba sobre las diferencias estilísticas entre la prosa de Sanderson y la de Patrick Rothfuss. Para ilustrar el tema tomé prestada una metáfora de la caja de herramientas del propio Sanderson, una metáfora que me parece pertinente discutir hoy, después de unas semanas de la publicación de Viento y Verdad y algunas decenas de tweets sobre lo horrible que escribe.

No es secreto, ni creo que sea controvertido decir, que la prosa de Sanderson parece volverse más pobre con cada libro que publica. Sea por la velocidad a la que escribe o porque la prolijidad estilística simplemente ha dejado de figurar en su lista de prioridades, sus últimos libros han dejado bastante que desear a nivel de párrafo, de oración, de vocabulario.
La explicación para la simpleza de su prosa había sido hasta ahora que Sanderson escribe sus novelas en un estilo que él llama prosa-ventana. Imagina, nos dice el autor, que la trama de una novela sucede detrás de una ventana. La prosa, tu estilo, es esa ventana. En un mundo tan complejo como Roshar, con su cantidad ingente de personajes y subtramas, con su historia milenaria, con sus complejas leyes científicas y sistemas de magia, es mejor darle al lector la vista más clara posible. El Archivo demanda mucho de su lector, su curva de aprendizaje es pronunciada, en especial para lectores poco familiarizados con la fantasía. Por eso, piensa Sanderson, que mi prosa sea una ventana: transparente, limpia, simple.
Algunos autores (el ejemplo de mi video fue Rothfuss, pero piensen también en Hobb y Tolkien), prefieren jugar con la ventana. La ven como una parte fundamental de la historia que está sucediendo detrás de ella, no meramente como el medio por el que se comunica la trama. La construyen, por eso, con coloridos trozos de cristal, creando formas geométricas. Este es el estilo prosa-vitral. Las tramas de estos autores se deben disfrutar e interpretar y leer a la luz colorida de su prosa.
Sanderson está en todo su derecho de preferir la simpleza de la prosa-ventana. Dejando de lado que sí es posible contar y leer una intrincada épica a través de un vitral sin que la autora ni la lectora mueran en el intento, yo hasta cierto punto estaba de acuerdo con que el Cosmere, y más específicamente Roshar, se beneficiaban de una prosa directa y comprensible a la primera. Pero la ventana de Viento y Verdad (y de varios de sus últimos libros[2]) ya no está, creo yo, cumpliendo su función.
La prosa-ventana debe transmitir la trama de la manera más inmediata, eficiente y clara posible, pero con Viento y Verdad siento que estoy intentando espiar una batalla épica por un ojo de buey: un portillo sigue siendo transparente, sí, pero simplemente no tiene el área suficiente para dejar ver adecuadamente el alcance de la historia que está sucediendo al otro lado del vidrio. Con cada libro que Sanderson se apura a publicar, siento que se achica centímetro por centímetro la ventana por la que vemos el Cosmere. Sé que algo épico está sucediendo, que están tomando lugar tragedias, que existen en alguna parte momentos de emotividad titánica, pero no lo veo. La mejor historia de la fantasía puede estar aconteciendo allá, en un lugar que no alcanzo a ver.
Y si no lo veo, pues no existe. Porque ―y entender esto me parece fundamental― es imposible guillotinar los elementos de una novela en prosa y trama. Una novela es lo que se crea cuando alguien trenza forma y contenido. Es la mezcla indisoluble de ambos. La metáfora sandersoniana de que una ve la trama suceder a través de la prosa es ilustrativa y muy útil para instruir a futuros escritores pero, como toda metáfora, tiene sus límites. Si una toma esta metáfora al pie de la letra puede llegar a pensar, a veces sin siquiera darse cuenta, que la forma de la ventana no afecta lo que se ve detrás del vidrio, aunque este no tenga color.
Lo que, para dejarlo claro, no es cierto. Una ventana tiene una perspectiva determinada, un área específica. Y la ventana de Sanderson es muy limitada, muy pequeña. En Viento y Verdad, hay momentos en los que me siento forzada a ver las supuestas escenas épicas, cenit emocionales y golpes trágicos por un espacio minúsculo. Y esto, lo quiera Sanderson o no, desinfla la novela: trunca la epicidad, desinfla las emociones, suaviza los golpes. Todo visto por un ojo de buey se achata, le roba dimensión y volumen, vuelve un titán en un enano, etcétera, etcétera.
No estoy abogando por que Sanderson decore más su ventana ―el Cosmere no necesita una sintaxis más compleja, metáforas más rebuscadas o vocabulario arcaico―[3] pero sí necesita una ventana más panorámica, una mampara, un mirador. Y esto implica una prosa capaz de estar a la altura de los eventos y emociones que Sanderson busca contar. Porque lo que se cuenta de manera pequeña, se lee pequeño.
En fin. Tomen esto como una suerte de adenda a mi reseña de Viento y Verdad que, en su mayoría, sigue reflejando mis pensamientos sobre la novela. Me gustó, y mucho. Me parece un admirable y satisfactorio final a un admirable y satisfactorio proyecto literario. Solo que me hubiera gustado verlo en HD, en vez de a 240 fps.
P.D.: la exageración es útil para la explicación. Espero haber exagerado algo.
[1] Es decir, hace cuatro años. Es decir es decir: hace cuatro años que no he vuelto a ver el video porque mi umbral de vergüenza mide un centímetro y ni cuatro años de terapia me pueden preparar para el roche que implicaría volver a verlo. Es decir es decir es decir: asumo que lo expliqué bien, pero no garantizo nada.
[2] Personalmente, ubico el punto de inflexión en El Metal Perdido, 2022.
[3] No quiero decir tampoco que un vocabulario arcaico equivale a una buena prosa, pero esa parece ser la idea general que tiene la mayoría cuando se habla de prosa.
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