Babel-17: algunos pensamientos y muchos sentimientos sobre las palabras

«Somewhere in Eden now, a worm, a worm…». (Delany, 2010 [1966]).  

«En algún lugar del Paraíso, ahora, un gusano, un gusano…». (Delany, trad. Rosenberg, 1986). 

La primera vez que leí Babel-17 de Samuel R. Delany tenía dieciocho años. La experiencia fue Acto I, Escena 1 de lo que vendría a convertirse en mi obsesión por el lenguaje y la ciencia ficción y tan desconcertante como establecer primer contacto con una raza alienígena. Ambos, libro y autor, se sentían tan lejos de mi entendimiento y capacidad de digestión que fui abducida, levantada a otros cielos. Libro y autor me echaron sin advertencia ni ceremonia sobre la mesa quirúrgica y, por casi doscientas páginas, fui víctima. Mi primera lectura fue pasiva pero frenética, espoleada por el sentimiento de que estaba casi por entender, siempre a punto de cruzar de la intuición a la interpretación. Devoré la novela en pocos días sin, creo ahora, dar ese último paso. El remezón cognitivo lo sentiría por años. 

Lo recuerdo todavía, pixelado: anestesiada por la complejidad de la prosa, yacía inerte bajo las luces fluorescentes de una novela que se esfuerza sin mucho éxito por contar una historia. Su trama sucede pero no avanza hasta que, de repente, acaba. Su mundo es un escenario, extravagante, funcional, superficial como cartón. Episódica, el ritmo de Babel-17 dilata lo que no debe y trunca más de lo debido. Todos aman a la protagonista, lo que llamaría un pecado si no fuera yo también culpable. Los demás personajes secundarios (que la aman, claro, pero peor que yo) están ahí para hacer tropezar la trama hacía delante. Y me acuerdo pensar, incluso cinco años atrás, que nada de esto me importaba. 

Porque al cerrar el libro, ya repatriada a un mundo familiar y a la vez vuelto completamente, maravillosamente extraño, me acuerdo haber pensado también: hay algo nuevo en mi cabeza. 

Ponerle nombre fue fácil y una vez nombrado, irónico. Bastó con leer unas cuantas reseñas y algunos comentarios en Reddit para identificar lo que había enterrado en mí el bisturí. El tema de Babel-17, decían todos, la razón de la fundamental alineación que había experimentado, tenía nombre: se llama la hipótesis de Sapir-Whorf o, en términos más académicos, relativismo lingüístico. La idea (para mi total devastación) desmentida de que el lenguaje que hablamos influye fundamentalmente o más allá aún determina nuestra percepción del mundo. Tierra fértil, claramente, para la literatura especulativa. Fascinante para mí, que hablaba tres idiomas y medio y estaba, otrora, aprendiendo uno más. 

El relativismo lingüístico, a mi entender, es un tema bastante desprestigiado en la academia, así que no me sorprende que haya engendrado más ficción que no ficción. La película La llegada y el cuento en la que está basada, La historia de tu vida de Ted Chiang, son los ejemplos más conocidos. En ambas iteraciones existe un idioma (siempre alienígena) que codifica el tiempo de manera circular. Aprender este idioma, consecuentemente, te permite experimentar el tiempo de la misma manera, es decir: ver el futuro. La palabra «consecuentemente» es, claro, donde yace la magia de la ficción. 

Es una idea peligrosamente atractiva, esto de manipular la realidad a través del lenguaje, y cuando la conocí por primera vez en Babel-17 caí, suspirando, en sus brazos. 

La historia es simple: Babel-17 es un lenguaje que los Alienígenas Malos pueden utilizar como arma, una herramienta devastadora que siembra miedo y desconfianza en el ejército galáctico humano. Entonces Rydra Wong (porque Rydra Wong no es alguien que conoces, es algo que te sucede). Telépata, capitana y, más importante, poeta. Le encargan decodificar el lenguaje antes de que los Alienígenas Malos vuelvan a atacar. Después de reclutar una tripulación de humanos excéntricos/modificados/descorporizados/un chef se lanzan juntos hacia las estrellas. 

Enemigos se hacen. Planetas se visitan. El amor se encuentra. Pistas se descubren. Naves explotan. La historia, en fin, sucede. Esto importa porque las historias siempre importan, pero el cómo, el cómo. Hablemos del cómo.

Babel-17 es de esas novelas conscientes de lo que son: palabras. Te hace saber (a veces con demasiada arrogancia) que conoce sus átomos. Porque no podía ser de otra manera. Imagínate nomás la vergüenza de escribir sobre El Lenguaje y que tu prosa este, ¡Dios nos salve!, bien. La prosa de Delany no está bien. Es vertiginosa, detallista, autorreferencial, saturada, tecnicolor. Sus personajes tartamudean, se corrigen, callan, se malentienden. En otras palabras (ja), sus personajes hablan. 

¿Sobre qué? La primera vez que leí Babel-17 pensé que sabía: hay tantas maneras de ver el mundo como hay palabras. Una idea que intimida pero no espanta, por lo menos no a mí, que tenía dieciocho y ganas de coleccionar, como dragón, tantas palabras como me fuera posible. Pequeñas gemas, pequeños mundos. Míos todos. Pensé que sabía: ¡el poder de la palabra! Incomparable, único. Pronto, mío también. 

Cinco años después, Babel-17 ha dejado de ser para mí la fruta prohibida del jardín virginal y santo del lenguaje en la que clavaba los dientes con ingenuo optimismo, magnetizada por el conocimiento prometido de su pulpa, rebosante de ideas que me eran todavía extranjeras, ideas que entonces no logré entender porque cómo digerir tanto, tanto, pero sí las recordé por años, litografiadas en mi mente, como las recuerdo hoy que escribo con resignada melancolía, hoy que Babel-17 no es bálsamo sino la pústula de una retardada comprensión: la tiranía de la línea, odiosa figura ancestral, pharmakon congénito de la comunicación humana, significante de la demarcación, lo que me permite decir «esto» e indicar «eso no»; la línea, el gusano en la fruta percibido solo cuando ya has hundido los dientes, creadora del verbo «compartir» porque sin ella no habría que hacer el esfuerzo, no habría que hacer partícipe a nadie de nada porque seríamos todos todo y adiós a los artículos determinados, adiós a los qué querías decir y no te entiendo, adiós a mi lengua y adiós a la tuya adiósadiósadiós

Babel-17, cinco años después, es para mí otro libro. El dulce sabor de la emoción de dejar atrás la frontera y cabalgar hacia la tierra prometida del lenguaje se ha vuelto agrio. ¿Cinco años después y tanta vida? Soy acaso el vaquero, cansado de enterrar su hacha y encontrar solo piedra, que regresa a casa después de tiempo vivido y la encuentra peor que vacía, la encuentra igual pero ya no suya. Mis huesos no entran en estas paredes y la casa igual. ¿Cinco años y tanta vida?  

(Entonces, tal vez, Rydra Wong. Entonces, tal vez, la salvación por la poesía. Entonces, tal vez, el inherente heroísmo de la interpretación). 

Hay un término en la teoría del arte que me gusta mucho. Recalcitrance: todo medio artístico presenta dificultades que solo pueden ser superadas trabajando con ellas. El escultor no puede huir de la dureza del mármol ni el acuarelista de la fluidez de sus pinturas. Si la vida es arte (y creo que lo es) entonces recalcitrance: nadie puede huir de las palabras. 

Mi primera lectura de Babel-17 despertó mi (: adjetivo posesivo de la primera persona singular. significado: tal vez estuvo siempre ahí sino igual lo que se regala no se devuelve) amor por las palabras. Mi segunda lectura de Babel-17 despertó una agonía porque lo que sé ahora: el lenguaje separa. Gracias a él puedo señalar partes del mundo y ¡qué bella tu manera de ver las cosas! pero si antes me concentraba en la belleza ahora el adjetivo posesivo no me suelta. Delany hunde el dedo ahí donde más me duele: el miedo, siempre presente, de malentender. De ser malentendida. Las oraciones de mi vida han sido un grito, una pretensión. Cómo explicarme para que me entiendas. Qué palabras, qué puntos, qué comas. 

Las mías, pues. No hay otras. 

One response to “Volví a leer mi novela favorita y me encontré con otro libro ”

  1. Leandro Atreides Avatar
    Leandro Atreides

    Tienes que leer Snow crash.

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