Mi problema con Hijo Dorado de Pierce Brown (o los peligros de escribir cinemáticamente)
Momento de honestidad: la única razón por la que empecé a leer la saga Amanecer Rojo de Pierce Brown es porque cada vez que alguien preguntaba cuál era el mejor ejemplo de un gran salto de calidad de un libro a otro esta saga era la respuesta coreada online. Habiendo terminado Hijo Dorado hace unas semanas, ahora entiendo por qué.
Digo esto a modo de disclaimer porque, si bien el título de esta entrada vuelve obvias mis intenciones, sí que comparto la opinión. Me parece irrefutable que Hijo Dorado es mejor que Amanecer Rojo: a nivel de personajes, de trama, de ritmo, de antagonista, etc. Que quede claro también (¡por favor!) que disfruté mucho de la novela.
Eso dicho, hay una cosa que no me deja leer esta saga en paz: el estilo cinemático del autor.

Esto por sí solo no debería ser tomado como una característica negativa. Se han llamado cinemáticos a muchos Libros de los Buenos y personalmente varios de mis autores favoritos bien podrían unirse al club. Como todo en la escritura, las herramientas narrativas son eso, herramientas. Adquieren adjetivos como «bueno» y «malo» por su uso, no su naturaleza. Desafortunadamente y a mi parecer, Pierce Brown utilizó la herramienta del estilo cinemático como un rodillo cuando lo que necesitaba era un pincel.
Cuando uno pide prestados elementos técnicos de otros medios es importante entender su naturaleza, cómo y por qué funcionan. Si necesito pintar una pared, un rodillo es la herramienta indicada. Si quiero pintarle canas a mi retrato tal vez un pincel sería más adecuado. (No sé, no soy pintora, pero asumo). Mi problema con Hijo Dorado, entonces, a pesar de su clara mejora en términos de calidad técnica, es que toma elementos del cine sin darse cuenta de que son incompatibles con el resto de su novela.
Porque cuando digo que su estilo es «cinemático», quiero decir que es un estilo muy (demasiado) visual. Creo que es fácil de notar. Brown se concentra en desarrollar imágenes, en describir acciones. Tanto así que mientras uno lee parece estar viendo una película. Y como digo, esto por sí solo no tiene nada de malo. Al contrario, es una de las grandes fortalezas del autor y una gran parte de la fuerza gravitacional que atrae a tantos lectores a la saga. (También, sospecho, explica en parte las inmensas cantidades de increíble fanart que hay por ahí en internet). Pero, porque claramente hay un pero, Brown parece haberse olvidado que como lectores no solo vemos a sus personajes. Estamos también en su cabeza.
Me explico. Darrow, nuestro protagonista, es también el narrador de la saga, que está escrita en primera persona singular. Esto quiere decir que nosotros, los lectores, somos pequeños navegantes flotando en algún lugar de su cabeza. Vemos lo que ve, escuchamos lo que escucha y, más importante, estamos al tanto de sus pensamientos. (No necesariamente de todos, pero sí de la gran mayoría.)
Por eso, cuando en un momento tenso en el que su vida peligra, Darrow revela que en realidad tenía un plan, que había estado llevándolo a cabo mientras conversaba con su enemigo, y había hecho no sé cuántas otras cosas que yo, que estoy en su cabeza, no sabía que había hecho, bueno. Una no puede evitar sentirse un poco engañada.
Porque repito, estamos en su cabeza y no tenemos la menor idea de que hay un plan en marcha. Claro, Brown nos describe que Darrow hace algo con sus manos mientras habla con el enemigo y uno infiere, pero he aquí el problema latente de la cuestión: lo describe visualmente.
Vemos a Darrow, desde la cabeza de Darrow, actuar desconectado de cualquier reflexión cognitiva sobre sus propias acciones. Porque claro, en las películas es muy cool, sorpresivo y épico cuando el protagonista tiene un as bajo la manga que nosotros como audiencia desconocemos. Es muy cool, sorpresivo y épico cuando nos lo revela en una gran explosión y/o con una frase sarcásticamente ingeniosa dirigida a la cámara. A qué esa no te la esperabas, ¿no?
Pero no es tan cool ni épico cuando lo hace un personaje que supuestamente conocemos íntimamente. (Sí que es sorpresivo. Digo, si yo, estando en su cabeza no lo vi venir, no me quiero imaginar el susto de sus pobres enemigos).
Para ser más justa, estoy segura de que sí es cool y épico. Por lo menos la primera vez. Hasta la segunda. Pero ya a la tercera o cuarta vez uno tiene que empezar a preguntarse qué, exactamente, está pasando. Porque es claramente un patrón. Es una característica del estilo (cinemático) de Pierce Brown. Una que aparece constantemente. Una que usa para sorprender al lector y mantenerlo enganchado.
Y funciona. Al principio.
Es un balance muy fino. Si cada vez que el protagonista está en problemas en realidad no lo está porque tenía un plan secreto/un aliado secreto/un arma secreta que no había referenciado ni en su propia cabeza para mantener al lector en suspenso y así crear (falsa) tensión, pues entonces yo como lectora voy a empezar a dudar si en verdad peligra su vida la próxima vez que se encuentre en una situación similar. Lo que es frecuente.
Ahora, con esto no quiero decir que es imposible mantener información en secreto en una narración de la primera persona singular. Se puede, pero se requiere de una mano sutil y delicada. Un pincel, no un rodillo. Y si la meta es mantener al lector interesado a través de la intriga y la sorpresa esta narración tal vez no sea la mejor opción, porque arriesga alienar al lector si es que la sorpresa siempre es a costa suya. (No creo que este sea el caso de Hijo Dorado. Después de todo, yo seguí leyendo y, repito, disfruté mucho de la novela. Pero tampoco me parece que esté muy lejos de serlo).
Y entiendo también que estas cosas son, de cierta manera, subjetivas. Hay fallos técnicos que yo perdono más fácilmente que otros, en especial si la novela es de mi género favorito o su sistema de magia me parece interesante o sus personajes me cautivan y un muy largo etc. Probablemente este factor no le resulte tan disruptivo a otras personas como para tener que dejar el kindle debajo de la almohada para evitar tirarlo por la ventana abierta en frustración. Pero puede que sí.
Es, además, síntoma de algo que me parece valioso comentar: escribir cinemáticamente es una decisión que tiene que ser tomada con el debido cuidado.
Hoy en día, el cine, como medio, es uno de los tributarios más importantes de la literatura. Su influencia abunda en las novelas. Es normal. Hemos crecido viendo películas y series, y nuestro bagaje narrativo es, por ende, en su gran mayoría un bagaje visual. Esto, que quede claro, no tiene nada de malo de por sí, pero a la hora de traspasar métodos de un medio a otro un navegante incauto y sin mucha experiencia lamentablemente corre el riesgo de encallar en corrientes desconocidas. En especial porque muchas veces no nos damos cuenta de las influencias que llevamos en nuestros barcos cuando zarpamos por nuevos mares.
Y aunque no aconsejo tirar todas tus influencias por la borda, pues se necesitan provisiones para sobrevivir cualquier travesía marítima (y sospecho que esta tarea es, sino imposible, sí completamente inútil), sí recomiendo inspeccionar qué barriles llevas abordo para no terminar en mar abierto sin nada que comer. Metafóricamente hablando, digo.
Literalmente: entender cómo y por qué funcionan los diferentes medios narrativos es fundamental a la hora de escribir. Factores como el estilo, la elección de narrador, de protagonista, de humor, de tono y otro muy largo etc. tienen que ser elegidos en función de la cohesión de la novela. No hay decisión neutral. Hay que entender por qué funcionan ciertos elementos de ciertos medios para poder utilizarlos bien.
Todo esto lo digo como regla general. Lamentablemente, Pierce Brown tuvo la mala suerte de ser el que tenía más a mano para sacrificar en el altar de la ejemplificación.
Pero no es personal, Pierce. Te lo digo porque sé que no estás en mi cabeza.
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