Parece que han maldecido a la fantasía. Es como si el género le hubiera cerrado la puerta en la cara a una pobre vieja que vino pidiendo cobijo allá en los tiempos remotos del había una vez y ahora las hijas y los hijos de la fantasía están condenados a nunca poder terminar bien ―o terminar y punto final― sus sagas. Por eso la publicación inminente deViento y Verdad me causaba una suerte de expectativa enfermiza. El quinto libro de «El Archivo de las Tormentas» puede no ser el final de la saga, pero ciertamente es un final, uno importante, y la pregunta me asfixiaba: ¿sería Sanderson capaz de cerrar este arco de una manera que le hiciera justicia a su proyecto literario?

Ciertamente lo que tenía delante no era una tarea fácil. Viaje antes que destino, sí, pero eso no quiere decir que el destino no importa en absoluto. Solo hay que ver lo que pasó con la serie de Juego de Tronos para entender que un final mal manejado cubre como aceite todo lo que vino antes, dejando un regusto grasiento en la boca cada vez que se vuelve a pronunciar su nombre. El mismo Sanderson parecía saberlo. Viento y Verdad tenía que cumplir con muchísimas promesas y, de no hacerlo, podía llegar a romper el vínculo que Sanderson había creado con sus lectores a lo largo de tantos años y tantas páginas, convirtiendo a fans en ojomuertos que lo mirarían acusatoriamente desde sus menciones en X por el resto de su vida…
Dramático, yo sé, pero es que en este libro no se juega solo el destino de Roshar, sino el destino de su autor, de sus lectores.
Me complace decirles, entonces, que estamos a salvo. Nosotros, no Roshar, a quien le esperan diez días de terror: el desafío de campeones pactado entre Dalinar y Odium es un reloj en marcha que espolea el ritmo de la trama. Si el Ritmo de la guerra cojeaba en partes, estancado en las minucias de la ciencia fantástica del mundo, Viento y Verdadcorre. La acción es constante, aunque hay dos tramas que pueden llegar a sentirse algo repetitivas. Da la sensación de que Sanderson tenía que estirar las tramas de ciertos personajes para que encajaran con los tiempos del resto del libro en un ejercicio digno de Procusto. Por suerte, el libro está tan lleno de revelaciones sobre la historia de Roshar, el Cosmere y el pasado de ciertos personajes clave que se le perdonan estas cosas a su autor.
Algo que me fue más difícil de perdonar, sin embargo, es que Viento y Verdad se lee a veces como un gran disclaimer. Este libro ve a muchos de los personajes que sufrían de problemas y condiciones de salud mental mejorando, encontrando maneras de abordar y sanar las heridas de su psique de maneras más sana. Esto, claro, no quiere decir que no vayan a tener retrocesos. O que los métodos que funcionan para ellos funcionen para todos. Tampoco quiere decir que vayan a funcionar siempre…
Sanderson te deja esto muy claro. Demasiado claro, en mi opinión. Es como si sintiera que tiene que defenderse anticipadamente ante cualquier crítica que se le pueda hacer a su tratamiento de estos temas. Esto culmina en que los personajes, antes de hacer cualquier afirmación sobre su estado mental, sea negativa o positiva, primero sean poseídos por una hoja de precauciones farmacéutica que los usa como voceros de una larga descarga de responsabilidad médica.
Entiendo que los temas que Sanderson trata son delicados y me alegra notar que está consciente de la enorme responsabilidad que significa hacer de ellos la piedra angular temática de su obra. Se nota, además, el inmenso esfuerzo que ha hecho por tratarlos con el cuidado necesario. Por eso desearía que Sanderson confiara (o desarrollara) un poco más en su capacidad como autor para poder transmitir la complejidad que conllevan con un poco más de sutileza, y también en la capacidad de sus lectores de poder discernir entre un libro de ficción y un manual de psicología. Eso dicho, sí opino que, en este caso, si vas a pecar es mejor hacerlo de precavido que de imprudente.
El romance continúa siendo uno de los aspectos más débiles de Sanderson como autor. No son malos, pero tampoco tienen mucha tensión, pasión o fricción. Esto ya lo sabíamos. Otra cosa que ya sabíamos pero que personalmente me vuelve a sorprender es lo capaz que es Sanderson para crear personajes secundarios interesantes con los que uno se encariña en tan poco tiempo. Es admirable que, teniendo un reparto original de personajes que han tenido páginas y páginas para encantar al lector, Sanderson no se conforme con ellos. Introducir nuevos personajes tan avanzada la saga es riesgoso, especialmente en un libro que es un final, pero Sanderson demuestra que es un riesgo que vale la pena tomar. Crea la sensación de que el universo de Sanderson está poblado de protagonistas que solo están esperando a que alguien cuente su historia.
Este no es el único riesgo que toma en este libro. Sanderson tiene la (merecida) reputación de ser el rey de los sistemas de magia dura, que se asemejan a la ciencia por la rigidez e inflexibilidad de sus reglas. En Viento y Verdad, Sanderson nos muestra por qué romper las reglas, cuando lo hace alguien que las conoce íntimamente y con un propósito, vale la pena. El sistema de magia de Roshar crece y se desarrolla como un personaje más. Me emociona mucho la idea de ver cuál será su destino.
Este libro me conmueve también porque prueba algo que vengo pensando hace algún tiempo ya: las conversaciones más interesantes sobre la moral y la ética se están teniendo en la fantasía. Por qué esto me parece natural es un tema para otro momento. Basta decir que en esta novela los personajes de Sanderson tienen discusiones explícitas sobre cómo se debería entender la moral. Se ponen a prueba sistemas éticos enteros y la moral personal de muchos personajes es cuestionada, tanto así que muchos tienen que defender su perspectiva a capa y espada, a veces literalmente. El conflicto central de la trama es, en sí, un conflicto entre dos perspectivas contrarias de lo que significa hacer el bien.
Me gusta pensar que Sanderson no cae en el didactismo vulgar, ni tampoco sermonea moralina. Qué cuenta uno como un sermón, sin embargo, tiene mucho que ver con si uno está de acuerdo con lo que se expone desde el púlpito. Como estoy de acuerdo con él, me encuentro pensando que Sanderson no evangeliza, sino que dice la verdad.
Por qué esto es así escapa también los límites de una reseña sin spoilers, que además ya se vuelve larga y todavía no parece haber respondido del todo la pregunta que se propuso en su párrafo inicial: ¿qué hay del final?
Siento que uno de los tips de escritura del propio Sanderson es la respuesta. Según el autor, un buen plot twist debe ser una sorpresa inesperada que se revela como inevitable apenas sucede. Así es exactamente como se siente el final del primer arco de «El Archivo de las Tormentas»: una sorpresa inevitable.
Es, creo, el cumplido más grande que se le puede hacer a un autor de fantasía. Que un final no solo se sienta satisfactorio y sorprendente, sino predestinado, es la culminación de años de un cuidadoso trabajo de tejido. Con Viento y Verdad, Sanderson rompe la maldición que acosa hace tiempo a la fantasía.
Más allá, marca un punto de inflexión en su universo literario. El Cosmere nunca volverá a ser el mismo. Los personajes que tanto queremos tampoco. A la vez que Sanderson da las puntadas finales a muchos de sus arcos y tramas, empieza a desenrollar a la vez nuevos hilos. Y yo estoy, como nunca antes, honrada de poder aceptar este nuevo viaje.
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