En defensa de la emoción, por así decirlo (o por qué mis videos y textos son (tan) largos)
Inevitablemente después de subir un video o publicar una nueva entrada en el blog llegan comentarios sobre su longitud, siempre demasiada y, dicen también, injustificada. Estos comentarios me molestan menos que otros pero es inútil fingir que no son la piedra en el zapato que vuelve incluso más pesada la marcha por el largo y deambulante camino de la divulgación. En especial porque dejando de lado el tema de la caída en picada de la capacidad de atención de los jóvenes bla bla bla, lo que estos comentarios tienden a camuflar es la idea de que pude haber dicho lo que quería decir de otra manera. Esto ya de por sí basta para ofender las sensibilidades de cualquiera con un mínimo de aspiraciones literarias. Personalmente el insulto es doble, porque «de otra manera» quiere decir en la gran mayoría de los casos más técnico, más académico.
Me gusta pensar que mis escritos son académicos aunque sudo mares para que mi estilo no lo refleje, por lo menos no en su aspecto más estereotípicamente nefasto, ese pecado capital moderno del aburrimiento total. Esto no significa que reniegue el rigor académico o la precisión del lenguaje técnico, ni le baje la cabeza al antiintelectualismo.
Pero el caso es que tienen razón. Bien podría haber dicho, por ejemplo, que la filosofía Radiante propone una ética basada en la práctica aristotélica de la frónesis y utiliza la estructura de los juegos de afán según el marco teórico que desarrolla Nguyen y la transparencia intrínseca del género fantástico tradicional para crear un mundo que replica las condiciones necesarias que vuelven a los juegos un espacio libre de ambigüedad, otorgándole así a los arcos de superación personal de los personajes una claridad poco común en la vida cotidiana que a su vez crea una fuerte respuesta emocional en el lector y despierta el ímpetu por la vida. Comenta, suscríbete y dale like.
Y a dónde se fue el cariño.
No solo es este estilo un verdadero pecado moderno (si no para todos sí para mí, que soy la que tiene que escribirlo), sino que, y estoy dispuesta a apostar, se sintió más tedioso que si lo hubiera dicho a mi manera. Puede ir directo al grano (como idealmente debería hacerlo el estilo académico) pero el viaje es gris y monótono y nadie hace el esfuerzo de poner buena música.
Más allá, demanda del lector facultades que, siendo honesta, tengo cero intenciones de despertar. Pues el estilo académico es más eficiente en tanto comunica con mayor precisión información abstracta y compleja. Demanda, de mi parte, meticulosidad, y del lector el uso de la lógica y el razonamiento.
Y aquí emerge por fin la cuestión. Lo admito: demandar de mi audiencia las antes mencionadas cualidades no es el blanco al que apuntan mis oraciones. Siempre he pensado que si voy a hablar de la maravilla de la fantasía, lo insólito de la ciencia ficción y la pasión de la narrativa no debo, no puedo, acercarlos a la gente solo desde la frialdad del lenguaje académico. Si bien crear la primera respuesta emocional les pertenece a las novelas de las que hablo, no es un derecho ni una responsabilidad excluyente. Si bien pienso mi trabajo como un intento de articular estas emociones y con suerte otorgarles una dimensión de mayor claridad, explícita y racional, de ponerle palabras a lo que todavía no ha sido nombrado, estas palabras deben ser las correctas.
Hay infinitas maneras de decir lo mismo. Lo correcto es altamente contextual. Si hablo y no me entiendes el problema no se soluciona gritando sino cambiando de lengua.
No busco, pues, recrear la misma descarga emocional que genera una novela porque no estoy loca, a pesar de las apariencias. Tampoco utilizo únicamente el lenguaje académico porque el razonamiento es una práctica necesaria pero no una llave maestra. Me demoro en hablar y me explayo al escribir porque las emociones requieren tiempo y ritmo para clavarse en el pecho. Uso términos técnicos porque si bien las metáforas conjuran nuevos entendimientos y le sacan brillo a aspectos de la realidad que el ojo así nomás no ve, sí se requiere precisión.
Lo dejo aquí porque se me hace larga la cosa. Los dejo también con alguien que lo dijo todo en menos palabras que yo, o sea mejor: ‘En eso, mis amigos, consiste nuestro arte: en irnos por las ramas, directo a lo esencial.’
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