La filosofía moral de La Primera Ley: la virtud de no ser un (completo) hijo de puta
No les voy a mentir, me siento un poco ridícula hablando sobre ética en relación a La Primera Ley. Hablar sobre la maldad fue fácil, hasta evidente. Mete a todos los personajes de la saga en un saco, dale una sacudida fuerte, y cualquiera que saques te va a dar algo sobre lo que comentar. Hablar sobre el bien, por otro lado, se siente un poco como pedirle peras al olmo. O algo de piedad a Abercrombie. Una labor menos de Hércules y más de Sísifo.
Pero, y me digo esto en forma de aliento, también lo es ser una buena persona en el Círculo del Mundo. Por lo menos eso parece.
Así que tal vez no esté mal que me haya costado tanto poner en palabras la idea central de este texto, porque creo que los personajes de La Primera Ley luchan de igual manera a la hora de contestar las preguntas que me hacía yo mientras leía: ¿qué significa ser una buena persona en este mundo? ¿Acaso se puede ser una buena persona en sus circunstancias? ¿Vale la pena siquiera intentarlo?
Las respuestas no fueron fáciles de encontrar, ni para mí ni para ellos, pero creo que hallé (como, espero probar, lo hicieron ellos también) suficientes pistas para empezar a abocetar los contornos de la filosofía moral de La Primera Ley.
Ahora, palabras como «bueno» y «malo» son notoriamente flexibles, muy dependientes de su contexto (aunque esto pueda ofender algunas sensibilidades platónicas). A veces actuar bien significa mentir, a veces significa decir la verdad. A veces significa perdonarle la vida a tu enemigo, a veces significa matarlo antes de que pueda voltearse a ver quién, ay Dios, le ha clavado el puñal en la espalda. El mismo Abercrombie lo dice: todos queremos lo mejor. El problema es que nadie está de acuerdo sobre lo que es. Este ensayo no es, pues, un intento de definir definitivamente el bien.
Tampoco es esto un intento de buscar un parangón de virtud o excelencia humana entre los habitantes del Círculo del Mundo, ni de aplicar los estándares morales de nuestro mundo o de otros más amables a una saga renombrada por sus tonos más negros que grises. Después de todo, la labor de Sísifo solo funciona si es que uno puede, de hecho, llegar a la cima. Así que de aquí en adelante cuando diga «bueno» que quede claro que estoy usando una escala que va de hijo-de-puta a tal-vez-de-vez-en-cuando-no-un-completo-hijo-de-puta. En fin.
Todo esto para decir que el tema que pretendemos abordar es un poco como adentrarse en la Casa del Creador: desconcertante, confuso y tan aparentemente incoherente que uno, parado en el umbral, tiene la horrible sensación de que más de una persona ha entrado, pero no ha vuelto a salir.
Lo que sigue es mi intento de hacer rodar la piedra hacia arriba.
SPOILERS DE TODA LA SAGA (LOS NUEVE LIBROS)
- ¿Qué significa ser una buena persona en este mundo?
Hay dos personajes que pueden actuar de mapa en nuestro paseo por la Casa del Creador: Escalofríos y Temple. Sus arcos de personaje giran más o menos explícitamente en torno a sus trágicos intentos de mejorar como personas y creo que analizando sus respectivos caminos y los obstáculos que se encuentran a lo largo de ellos es cómo llegaremos a contestar las preguntas planteadas al principio del texto.
Antes de analizar el viaje, sin embargo, hay que entender de dónde parten. Hay que analizar más a fondo exactamente qué entienden ambos personajes por «ser buenos» al principio de sus arcos para comprender por qué rechazaron estas definiciones en primer lugar.
1.1. Escalofríos y la simplificación del bien
La concepción del bien de Escalofríos al principio de la saga es, en pocas palabras, simplista. Esto se debe, creo yo, a cómo la sociedad norteña ha reducido el valor de la palabra a una sola cosa: la habilidad bélica. Un buen hombre norteño es un buen guerrero. Y su valor como persona es una inferencia directa de su valor en el campo de batalla, de su valor como soldado. El significado de «bueno», en esta cultura, está enteramente definido por su modo de vida. Están siempre sumidos en conflictos bélicos, viven atrapados en un ciclo eterno de violencia. No es sorpresa, entonces, que los grandes hombres que se erigen como ejemplos del buen hacer sean guerreros. Solo guerreros. Mientras más violentos más notorios. Logen, Whirrun, Black Dow. Estos son los ejemplos a seguir.
Concebir el bien como solo una cosa y el buen hacer siempre como la misma acción independientemente de su contexto particular es una manera muy eficaz de hacerse la vida más fácil (Nussbaum, 102-104). Después de todo, nuestros conflictos morales no surgen cuando tenemos que decidir entre una mala acción y una buena (espero, por lo menos, que nadie se sienta extremadamente conflictuado en este tipo de situaciones). Al contrario, las situaciones que verdaderamente nos hacen mordernos las uñas son las que nos fuerzan a decidir entre dos buenas acciones, las que nos muestran cómo el bien puede significar diferentes cosas en diferentes contextos. ¿Ser leal a tu líder o defender a los inocentes que planea conquistar? La lealtad y la protección de los indefensos ambos son generalmente considerados buenas acciones, comportamientos del buen hombre. Juzgar cuál de las dos es la correcta en una determinada situación no solo requiere tener que deliberar, sino exponerse también a la duda y al remordimiento si resulta que uno ha escogido mal.
Cuando reducimos el significado del bien a ser solo un buen guerrero, este tipo de deliberaciones pierden inmediatamente mucho del peso que las volvía tan agobiantes, algo muy útil en el Norte, donde las situaciones a las que los personajes se enfrentan tienden a ser de vida o muerte, ya sea la de ellos o la de alguien más. Si uno adopta la filosofía norteña de que ser un buen hombre es ser solo un buen guerrero, las deliberaciones morales se vuelven inmediatamente más fáciles. Aunque no inexistentes.
Para eso hay que ir un poco más allá.
1.2. Temple y la conmensurabilidad del bien
En el caso de Temple, quien representa la concepción del bien que llegará a rechazar no es su cultura, sino un demonio mucho más personal: Nicomo Cosca.
Si bien el bien (ja) en el Norte ha sido simplificado hasta llegar a representar solo un modo de comportamiento correcto, Cosca lo ha vuelto también conmensurable. La definición del Norte es todavía lo suficientemente ambigua para admitir perspectivas diferentes. Lo vemos con Calder, por ejemplo, que es un tipo diferente de guerrero. Uno que prefiere la manipulación de las palabras y los tratos secretos ante la brutalidad directa de las espadas. No todos aceptan su definición del buen guerrero, pero el mero hecho de que se debate sobre el tema nos deja entrever la flexibilidad contingente de esta concepción del bien. Es simplista, sí, pero no enteramente conmensurable. Ser un buen guerrero, nos muestra Calder, no se define solo por cuántos cuerpos yacen a tus pies al final de la batalla.
Cosca ha encontrado la manera de deshacerse de este problema. Para él, el bien es simple y calculable. El bien es el oro. Cada vez que Cosa se encuentra frente a una situación que lo obliga a decidir entre dos o más opciones, sabe que la mejor acción es siempre la que lleva a la máxima ganancia. Toda decisión se vuelve racional, simple, fácil. Es la aplicación de una métrica predeterminada a cualquier situación que pueda ocurrir. Los conflictos morales, si es que los tenía, se transforman en meros ejercicios de razonamiento matemático (Nussbaum, 160-161).
Es el mismo Cosca quien lo pone más sucintamente: la gloria es difícil de contar. También lo son el honor, la virtud y todos los demás intangibles deseables. Si lo que uno busca es hacerse la vida más fácil (es decir, dejar de lado los conflictos morales, la culpa y el remordimiento, la indecisión y la duda) lo mejor que uno puede hacer es simplificar el bien y volverlo contable. De esta manera, uno sabe exactamente qué hacer siempre. Si las particularidades no importan, si el contexto es irrelevante, nada nunca te va a sorprender. Todo está, siempre, bajo control.
Así sí que se vive bien.
(Al menos hasta que aparece la conciencia).
2. ¿Se puede ser una buena persona en sus circunstancias?
Escalofríos y Temple rechazan las concepciones del bien como algo único y conmensurable que reinan supremas en sus entornos. Esta apertura hacia una nueva concepción de lo que es ser una buena persona marca el principio de un camino lleno de obstáculos, y creo que si analizamos cuáles son estas dificultades podemos descifrar qué es lo que el mundo de La Primera Ley considera las condiciones necesarias del bien.
2.1. Un hombre de principios
Es muy difícil, sino imposible, actuar bien sin una idea, aunque sea vaga (¡que no es lo mismo que simple!) de qué es el bien. Especialmente si aceptamos una concepción plural del bien, la idea de que lo más correcto depende de lo concreto y particular de cada situación. Cuando Escalofríos y Temple se deshacen de su concepción simplista y conmensurable del bien, se deshacen también del norte de su brújula del comportamiento correcto. Las deliberaciones sobre cuál es la acción adecuada se vuelven infinitamente más complicadas. Ahora se tienen que enfrentar a la terrible, horrible y absolutamente paralizante pregunta del qué debo hacer cada vez que tienen que tomar una decisión. Una verdadera pesadilla, eso.
Aquí entra en juego la importancia del ejemplo a seguir. Es una idea intrínseca del Círculo del Mundo. Uno solo tiene que escarbar un poco para darse cuenta de que esta noción subyace el comportamiento de la gran mayoría (sino de todos) los personajes de la saga. La sabiduría norteña, por ejemplo, se basa siempre en pequeñas frases cargadas de significado que se pasan de padre a hijo, de líder a líder. Es Logen, repitiéndose siempre los consejos de su padre. Es también la manera en la que Cosca y Monza citan a respetados autores militares y los usan como guías de comportamiento. Y muchísimos ejemplos más. En La Primera Ley no hay imperativos categóricos, hay ejemplos a seguir.
Ahora, claramente no todos son buenos ejemplos. Aquí, Temple tiene una gran ventaja sobre Escalofríos. Su ejemplo a seguir, la persona que actúa a la vez como su conciencia y su brújula, es su antiguo mentor, Kahdia. Uno de los pocos hombres de este mundo que me atrevería a llamar honrado, valiente, altruista y sí, me atrevo también, bueno. Su recuerdo actúa como conciencia, pues es el terrible sabor que le deja en la boca el darse cuenta de que está decepcionando a quien decía admirar lo que finalmente impulsa a Temple a dejar a Cosca (es decir, al bien simplista y calculable) atrás. Actúa también como brújula: cada vez que vemos a Temple enfrentarse a un conflicto moral, piensa en que habría hecho su mentor. Qué acción lo haría más orgulloso.
La primera condición del bien es, entonces, tener a la mano el ejemplo de un hombre de principios según el cual uno pueda modelar su comportamiento. Solo hay que ver qué pasa con Escalofríos para entender qué tan necesario es.
Cuando Escalofríos va en busca de su mejora moral, notamos rápidamente que no tiene la menor idea de por dónde empezar. Sabe más o menos que no hacer. Sabe que no quiere convertirse en Logen, por ejemplo, y que Black Dow está lejos de ser un buen ejemplo, como queda evidenciado al final de la primera trilogía cuando se rehúsa a participar en su pelea y declara que él es mejor que ambos. Pero hasta ahí el alcance de sus reflexiones éticas.
Al no tener un ejemplo a seguir y haber dejado atrás una definición del bien, que si bien (jaja) no era correcta por lo menos le proveía algo de dirección, Escalofríos no tiene cómo corregir su comportamiento. Mi ejemplo favorito de su percepción vacía del bien y su total falta de dirección es al comienzo de La Mejor Venganza, cuando un hombre lo golpea de casualidad al pasar a su lado y Escalofríos se felicita cuando lo deja ir en vez de reaccionar con violencia. Esto, se dice a sí mismo, es claramente ser una buena persona.
Lo difícil que es enfrentarse a conflictos morales sin una guía se vuelve claro bien rápido. Escalofríos, al principio de La Mejor Venganza, tiene dos responsabilidades principales. Por un lado, la responsabilidad hacia sí mismo de mejorar como persona, que implica, como mínimo y por decisión propia, no ir matando a gente por ahí. Por otro, la responsabilidad hacía Monza de hacer bien su trabajo, que implica, como mínimo, matar a quienes pretenden matarla a ella.
He aquí el problema: dos responsabilidades que constriñen a Escalofríos de diferentes maneras. ¿Qué hacer frente a este conflicto moral? Pues, a falta de un ejemplo a seguir que ofrezca algo de dirección, suprimirlo. Escalofríos, que nunca había sido acosado tanto por la terrible pregunta de qué debería hacer, pronto adopta la filosofía de Monza: la misericordia y la cobardía son lo mismo. Esta frase se repite mucho en La Mejor Venganza y simboliza muy bien como el campo semántico de la supervivencia, la guerra y la venganza llega a aprehender todas las palabras del vocabulario ético de Escalofríos. Aparece siempre en momentos en los que las circunstancias han forzado a Escalofríos a descuidar una de sus responsabilidades. Es lo que le dice Monza para calmar su culpa. Es una manera de simplificar los conflictos morales. La misericordia y la cobardía son lo mismo porque la única definición de comportarse bien que pueden admitir estos personajes en su visión del mundo es la violencia. Así se reduce, trágicamente, el significado del bien.
Escalofríos, que no solo no ha tenido la buena suerte de tener un buen ejemplo a seguir sino también la mala suerte de toparse con la personificación de un bien simplista, vuelve a adoptar la concepción del buen hacer que había intentado dejar atrás. Así desaparecen las decisiones morales difíciles. Desaparece también la causa de esos sentimientos tan incómodos que todos odiamos sentir: la culpa, la duda, la incertidumbre y el remordimiento.
Entonces, el mundo de La Primera Ley nos dice que hay que tener un buen ejemplo para siquiera intentar ser una buena persona. ¿Cómo hace uno para conseguirlo? Pues aquí vienen las malas noticias…
2.2. Famoso soldado de fortuna
Habrán notado mi repetido uso de la palabra «suerte» en el apartado anterior, a veces acompañado del adjetivo «bueno», a veces del «malo». No es casualidad.
Es difícil aceptar que tu capacidad de ser, en efecto, una buena persona depende de algo tan fuera de tu control como la fortuna, pero definitivamente esa es una de las afirmaciones más firmes de La Primera Ley re la moral. Escalofríos, como hemos visto, tuvo la mala suerte de no haber tenido nunca un ejemplo del buen hacer. También tuvo la verdadera mala suerte de encontrarse con Monza. Él no tenía manera de controlar ninguno de estos sucesos, pero lo afectaron de igual manera. Hay, entonces, sucesos gratuitos en la vida que nos afectan de maneras fundamentales. Y no hay nada que podamos hacer ni para preverlos ni para prevenirlos.
Ahora, con esto no quiero insinuar (y tampoco creo que La Primera Ley lo haga, aunque parezca diferente a primera vista) que el hecho de ser una buena persona o no depende enteramente de la fortuna. Para entender de qué manera y hasta qué grado la fortuna afecta nuestra habilidad de ser una buena persona hay que ahondar en una característica del bien que hasta ahora hemos abordado solo implícitamente: el bien es una actividad.
(Y si no quedaba claro ya que La Primera Ley es moralmente aristotélica, pues…).
Una cosa es tener un buen carácter, algo que en La Primera Ley podríamos llamar el deseo de no ser tan hijo de puta, y otra cosa es ser bueno. Después de todo, llamamos a alguien un buen guerrero por sus acciones en batalla, no por su potencial. De la misma manera, llamamos a alguien bueno por las acciones que lleva a cabo, no por sus intenciones.
¿El problema con las acciones? Pueden ser impedidas. Y no siempre podemos prever todas las consecuencias que van a tener. A veces, muchas veces, tenemos que actuar desde la ignorancia, y cuando se nos revela más información nos damos cuenta, siempre muy tarde, de que actuamos mal. Y otras personas, que pueden tener peores intenciones que nosotros, también son capaces de actuar y así imposibilitar nuestras propias acciones… En fin, se va aclarando el problema.
Un ejemplo clarificador me parece el comienzo de Tierras Rojas. Temple y el símbolo andante de su conciencia, Sufeen, tienen todas las intenciones de advertirle a los habitantes del pueblo que Cosca quiere atacar que están en peligro. Claramente, las buenas intenciones no bastaron para prevenir la catástrofe. La incredulidad de la gente, las acciones del propio Cosca, la muerte de Sufeen, todos son factores fuera del control de Temple. La fortuna, queramos admitirlo o no, incide de maneras directas e indirectas en nuestra capacidad de ser buenas personas. A veces afecta nuestras circunstancias mucho antes de que hayamos pisado el mundo, a veces incide justo cuando vamos a actuar. Pero siempre actúa. Igual que nosotros.
2.3. Tres relaciones, una mentira
Aunque La Primera Ley reitera una y otra vez que para mejorar como persona dejar atrás la sociedad y sus infinitas maneras de corromper el buen carácter es la mejor opción (lo vemos claramente en Antes de que los cuelguen, por ejemplo, y también en la manera en la que el país salvaje y su manifiesta falta de instituciones sociales es enmarcado simbólicamente como el suelo fértil de los nuevos comienzos), también sostiene que las relaciones interpersonales son clave para la mejora moral de los seres humanos. Son nuestros lazos afectivos los que nos motivan a intentar subir la pesadísima roca de la moral colina arriba. Y es lo que le debemos a los otros de donde nace nuestro testarudo deseo de volver a intentar la subida cuando la piedra termina inevitablemente de nuevo en las faldas de la colina.
El bien en La Primera Ley es, pues, necesariamente relacional. Por diferentes razones. Hay tres relaciones que lo demuestran claramente: Temple y Shy, Hildi y Orso, y Escalofríos y Rikke.
Algo que me llamó mucho la atención de estas relaciones es como todas son entendidas a través del marco de la deuda. En el caso de Temple/Shy y Hildi&Orso, es una deuda económica. En el caso de Escalofríos&Rikke, es una deuda heredada por una ayuda previamente prestada. Claramente, en ninguno de los tres casos hay una verdadera expectativa de remuneración, ya sea de pago o a través de algún otro método.
Argumentaría que incluso ni al comienzo de la relación de Temple/Shy ella esperaba realmente que Temple fuera capaz de pagarle lo que le debía. Enmarcar la ayuda que le había prestado a Temple en términos de una deuda era la manera de Shy de racionalizar una buena acción aparentemente irracional, pues para ella ayudar a Temple, primero a no morir en el río y luego asegurándole un lugar en la caravana, no tenía ninguna clara recompensa. Al contrario, lo único que le causaron ambas acciones fueron más problemas.
Pasa algo similar en el caso de Orso&Hildi. Ambos llevan una cuenta mental de cuánto dinero Orso le debe por sus servicios, que más que nada incluyen su compañía, pero el recordatorio es en realidad una promesa: mientras Orso le deba dinero, Hildi seguirá a su lado. Saber que Orso está endeudado no solo es una manera de asegurarse que su relación tiene un futuro estable, sino que también válida a ojos de ambos los riesgos que asumen por el bien del otro. Si Orso muere, entonces no le puede pagar. Por ende, está bien que Hildi se preocupe por él y su bienestar.
Es verdaderamente trágico (pero comprensible, dada la naturaleza tan agresiva y violenta del Círculo del Mundo) que estos personajes sientan la necesidad de camuflar sus lazos afectivos con el lenguaje de la deuda. Y es que ser una buena persona en el Círculo del Mundo es irracional. Es insensato. Ilógico. No tiene ninguna recompensa, a veces ni siquiera la propia satisfacción. Te vulnerabiliza. Los personajes necesitan, pues, una manera de justificarse a sí mismos el peligro que el querer y necesitar a un otro implica.
En el caso de Escalofríos&Rikke, el marco de la deuda no es tan obvio. Se comenta a veces que Escalofríos (e Isern también) ayuda a Rikke porque el Sabueso, su padre, lo ayudó a él. Es una manera de igualar una supuesta deuda de favores prestados. Pero creo que el hecho de que Escalofríos conoce a Rikke desde que es una bebé y la intimidad que esto implica vuelve el lenguaje de la deuda menos necesario. En todo caso, para mí la relación de Escalofríos y Rikke simboliza cómo los lazos afectivos le otorgan una dirección al buen hacer. Es algo que se confirma explícitamente en el texto. Escalofríos estaba perdido antes de cultivar una relación con ella. Y es su relación con ella lo que ahora motiva sus acciones.
Y es que claro, es muy bonita la idea de hacer el bien por el Bien, por amor a la Humanidad como concepto, pero no es muy práctica. En especial en el Círculo de Mundo. De la misma manera que tener un buen ejemplo a seguir actúa como brújula, tener alguien que actúa de receptor de tus buenas acciones es la motivación principal del buen comportamiento para muchos de los personajes de La Primera Ley. Ciertamente, hacer el bien simplemente porque es lo correcto es a lo que deberíamos aspirar como individuos y como sociedad, pero hasta llegar ahí asirse de los estribos de la escalera ética tampoco es mala idea.
En fin, lo que estas tres relaciones dejan claro es que los lazos afectivos son tan valiosos y fundamentales para el buen hacer que los personajes de La Primera Ley están dispuestos a camuflar su aparente irracionalidad en términos más reconciliables con su entendimiento del mundo para poder justificarse a sí mismos su existencia. Uno protege lo que importa, y el esfuerzo mental que hacen para proteger estas relaciones de sí mismos y su «buen razonamiento» es revelador. Lo más sensato, lo más lógico y precavido, si lo que uno busca es una vida fácil y «feliz», sería deshacerse por completo de estas relaciones. Pues su existencia, más que abrirle la puerta de tu casa a la fortuna, tumba una pared entera y te expone a los violentos vientos que traen consigo todo lo que uno no controla. Si uno solo ya de por sí es la víctima involuntaria y latente de la fortuna, atar tu virtud a la existencia de otras personas solo multiplica el riesgo.
Entonces, con todo esto en mente, la gran pregunta:
3. ¿Vale la pena siquiera intentarlo?
Si pretendemos hablar del bien en La Primera Ley, tenemos que hablar del Sabueso. Mejor dicho, tenemos que hablar de su jardín.
La-virtud-humana-como-una-planta es un imagen que se remonta a la antigua Grecia y sus grandes pensadores éticos. No me sorprende encontrarla aquí también. No sé si Abercrombie es un lector empedernido de las odas de Píndaro o (y personalmente esta opción me parece la más mágica, es decir: la mejor) si es que esta imagen nace de las plumas de autores separados por milenios, no por azar sino porque es inevitable, para hacer florecer otra vez en nuestras mentes la bella y terrorífica compresión de la vulnerabilidad del bien humano (Nussbaum, 9).
Todo esto para decir que ¡sorpresa! el jardín del Sabueso es una metáfora. (Difícil encontrar un jardín literario que no lo sea). Ahora ¿qué, exactamente, simboliza?
3.1. La vulnerabilidad del bien
Si hay algo que La Primera Ley afirma una y otra vez, no solo explícitamente a través de los diálogos y pensamientos de sus personajes, sino también implícitamente a través de su trama y hasta en la manera en que su estructura ha sido diseñada, es que ser una buena persona, especialmente en un mundo tan cruel como este, implica un esfuerzo casi sobrehumano. Implica cultivar una perseverancia insólita para hacerle frente a la espantosa comprensión del poder de la casualidad y la temible contingencia del azar, una perseverancia que, vista desde afuera, parece no una fortaleza de espíritu sino pura locura. Implica, también, entender que este fuerzo puede nunca dar frutos. (Implica, siempre, seguir plantando).
El jardín simboliza sucintamente la naturaleza aparentemente paradójica de la-virtud-de-no-ser-un-completo-hijo-de-puta en el Círculo del Mundo. Como las plantas, somos simultáneamente seres activos y pasivos, crecemos porque está en nuestra esencia hacerlo, pero requerimos de muchas cosas que están fuera de nuestro control para hacerlo bien: el buen clima, el buen suelo (Nussbaum, 27-29). De igual manera, hay infinitas cosas que pueden frustrar nuestros intentos de siquiera atravesar el suelo, ni hablar de florecer plenamente: la sequía, la tormenta. Un pirómano con ganas de verlo arder.
El jardín del Sabueso, como el bien humano, es vulnerable. Requerir de algo fuera de ti, ya sea la lluvia o el ejemplo de un hombre de principios, la luz o los seres queridos, nos abre inevitablemente a la dependencia. En especial porque no somos dependientes de los otros solo para que crecer fuertes y sanos, sino también para disfrutar del bien en sí. No solo necesitamos de los otros para tener brújulas y la debida motivación, sino también para compartirlo. El bien es intrínsicamente social. Rikke, después de todo, se sienta a ver el jardín de su padre en compañía. Y cuando le asignas valor a algo que no eres tú, cuando siembras las semillas de tu virtud no en tu propio cuerpo y mente, sino en el campo abierto y compartido del mundo, no hay cerca o lona que le puedan hacer frente a la fortuna, venga ella a espaldas de una tormenta o en las botas de un extraño.
La Primera Ley, entonces, niega rotundamente que uno puede ser un buen hombre sin tener también algo de buena suerte. (Esto, por favor, no debe ser tomado como una licencia para deshacerse de cualquier responsabilidad, moral o no). También testifica lo difícil que es cuidar del jardín incluso cuando la suerte está de tu lado. Qué flores plantar, cuándo regar: los conflictos morales son inevitables y nuestra guía del buen comportamiento no es una regla aplicable a toda situación, sino una brújula que te indica el camino general, pero que no te advierte ni te prepara para los detalles particulares del viaje.
En fin, es fácil entender por qué tantos personajes sucumben ante la tentación de reducir estos conflictos, de deshacerse de la eterna responsabilidad de ser el jardinero de su buen carácter, de tirar las manos al aire y dejar que solo la fortuna dicte si las flores se marchitan o llegan a tocar el cielo. Es fácil entender también por qué tantos personajes adoptan una actitud cínica frente al mundo, por qué se rehúsan a implicarse con los otros y con el mundo. Después de todo, si no me importa nada ni nadie, cuando la fortuna irrumpa en mi vida, como es inevitable que haga, no me va a afectar.
¿Por qué, entonces, no se rinden todos? ¿Qué hizo que Temple y Escalofríos empezaran sus respectivos viajes?
3.2. La semilla del bien
Tendemos a pensar sobre los impulsos como algo meramente negativo. Una acción casi involuntaria que sin planificación previa nos impulsa a actuar sin tener en cuenta las consecuencias que acarrea. Pero fue un impulso, tan impredecible e incontrolable como la tos o un estornudo, lo que llevó a Temple a dejar atrás a Cosca. Fue una decisión sin planeación previa lo que hizo a Escalofríos dejar atrás el Norte. Fue una decisión del momento, incluso, lo que hizo a Glokta perdonarle la vida a Carlot, allá en los tiempos inmemoriales de la primera trilogía.
Abercrombie es muy detallista a la hora de relatar las razones y justificaciones que empujan a sus personajes a actuar mal, como espero haber demostrado en el artículo anterior. La gimnasia lógica que practican los personajes de La Primera Ley para reconciliarse con el daño que causan se merece una categoría propia en las olimpiadas. Me parece muy curioso, entonces, que cuando se trata de las buenas acciones de sus personajes, pues. La gran mayoría carecen de explicaciones lógicas, racionales. No saben cómo explicárselas ni a sí mismos ni a los demás. Se cuestionan qué los llevó a actuar de una manera tan poco sensata. Por qué, se pregunta Glokta constantemente, mucho tiempo después de cometer el acto. Si comparamos los párrafos y párrafos dedicados a justificar las malas acciones de los personajes con la manera casi reflexiva en la que suceden las buenas, la falta de razonamiento detrás de estas últimas brilla tanto más por su ausencia. Esto, creo yo, no es ni un error técnico por parte de Abercrombie ni pura casualidad.
Se habla de La Primera Ley como si afirmara que el ser humano es, por naturaleza, malo. Pase usted y mire: ¡la prueba irrefutable del corazón podrido de la humanidad en tan solo nueve tomos! Yo creo que si uno indaga un poco, si no se deja amedrentar por el miasma de nihilismo que cubre el jardín, pronto se da cuenta que la bondad es la verdadera corriente natural que nutre los ríos de las acciones de los personajes de esta saga. Lo que La Primera Ley dice es que el mundo es cruel. Nos muestra cómo crea diques que impiden la ejecución de nuestra buena naturaleza. Nos muestra cómo, es verdad, puede llegar a estancar tanto el agua de nuestros espíritus que las cuencas naturales se pudren. Y tal vez esto le resulte obvio o evidente a algunos, pero no es lo mismo decir que el mundo puede llegar a afectarnos tanto que nos cambia que decir que somos irredimibles por nacimiento.
Con esto no quiero decir que todos somos, bien adentro y si buscamos con linterna, buenas personas. Hay Malas Personas en La Primera Ley que se merecen ambas mayúsculas. No hay planta que crezca de un campo que ha sido salado. Pero sí quiero dejar claro que los suelos no se salan solos y que, a pesar de todo, la buena naturaleza se empeña siempre en volverse acción, sin preocuparse de que tal vez no sea lo más sensato, porque sabe que es lo correcto.
¿No es revelador acaso que se necesiten tantas páginas para justificar el mal pero que el bien sea aparentemente inexplicable? ¿Que nazca sin previo aviso apenas ve la oportunidad, como un manantial oculto que irrumpe desde el fondo de la tierra? La Primera Ley nos muestra que el mal tiene que ser justificado antes de ser llevado a cabo, que tenemos que convencernos a nosotros mismos de ejecutarlo. El bien, por otro lado, tiene que ser justificado después del acto. Por lo menos en el Círculo del Mundo, donde claramente es visto (justamente) como poco prudente.
Así que tal vez lo que necesitamos hacer para entender el bien en La Primera Ley es cambiar los parámetros de la investigación: la pregunta no es si se puede ser una buena persona, la pregunta es si acaso se puede evitar.
Y la respuesta que nos ofrece la filosofía moral de La Primera Ley es sí. Claro que sí. Se puede evitar de mil maneras diferentes, cada una más cruel que la otra, pero bueno. Anda tú a explicarle al roble por qué no debería intentar alcanzar el sol solo porque existe la tormenta.
Referencias
La fragilidad del bien – Martha C. Nussbaum
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