La Primera Ley: la historia justifica los medios (o cuatro maneras de narrar la maldad)
Una de las grandes preocupaciones temáticas de La Primera Ley de Joe Abercrombie es la naturaleza de la violencia. Cómo llegamos a hacer, nosotros los seres humanos, lo que hemos probado que sabemos hacer mejor: daño. A los demás, a nosotros mismos. ¿Qué nos motiva? ¿Qué nos empuja hacia al barranco de la maldad? ¿Cuáles son las excusas que blandimos ante el escrutinio de los otros? Más allá, ¿cuáles son las justificaciones que nos susurramos antes de dormir?
Estas preguntas son, para mí, el corazón latente de la saga. El signo de interrogación que se enrolla alrededor de los cuellos de sus personajes. Es mi opinión también, humilde pero moderadamente leída, que estos personajes pueden ser clasificados en cuatro categorías, y que estas categorías no solo representan cuatro maneras diferentes de ver y existir en el mundo, sino que además indican la gravedad y la forma particular en la que se comportan como unos verdaderos hijos de puta.
Me explico. Aunque sospecho mucho de cualquier ensayo basado en la taxonomía, no puedo negar que mientras leía La Primera Ley crecía en mi mente un gráfico que no logré desarraigar por completo y que terminó, finalmente, germinando en este texto. Lo expongo aquí ahora porque honestamente creo que es una gran ayuda a la hora de analizar las maneras tan diferentes (pero trágicamente universales) en las que los personajes de La Primera Ley se justifican a sí mismos (y al lector incauto) su descenso (menos o más estrepitoso) por el barranco en cuestión.
Ahora, estas categorías están basadas en dos cosas: 1) la percepción de los personajes del mundo que los rodea y de sí mismo, y 2) su actitud hacia el mundo, la postura o disposición desde la que actúan. Estos son los dos pilares sobre los cuales se construye su narración interna, un factor clave, pues cuando se trata de la ejecución de la maldad, de la perpetración de la violencia, lo que verdaderamente importa no son ni el deseo ni los sentimientos, sino las historias que hilamos para imbricar estos actos en un sistema coherente de sentido.
Ciertamente los deseos y los sentimientos tampoco ayudan, tal vez incluso no sería falso decir que nos empujan hasta que las suelas de nuestros zapatos se asoman al borde del barranco, pero ese primer paso, el primer resbalón, tiene como catalizador algo mucho menos obvio, algo más frío, algo que sabe camuflarse como la lógica y la razón. Pues son nuestras razones las que nos terminan condenando (Luque, 94). Esto, espero, irá quedando claro mientras investigamos las cuatro categorías.
Que son las siguientes: cínica, sincera, irónica y fantasiosa (no la llamo fantástica porque me rehúso a caer en la tradición de equiparar lo fantástico con lo irreal, y tampoco participaré en la histórica condena de esta pobre palabra que tanto amo y nada ha hecho al mismo campo semántico que «locura» e «irresponsabilidad»).
Se agrupan así:

Así, uno puede tener una narración irónica-cínica o fantasiosa-sincera, pero no fantasiosa-irónica o cínica-sincera. Pues no hay nada que repele más el cinismo que la sinceridad y la fantasiosidad no resiste la ironía (o cualquier tipo de humor, como veremos más adelante). El eje X indica la percepción del mundo y de la propia persona y su espectro es el de la realidad. El eje Y marca la actitud general hacia el mundo y su espectro es el de la vulnerabilidad.
Como todo siempre queda más claro con ejemplos, he escogido cuatro personajes que siento encapsulan de la manera más ilustrativa cada punto cardinal. Empezamos:
(¡SPOILERS DE TODA LA SAGA (los 9 libros) DE AQUÍ EN ADELANTE!)
Sand dan Glokta: el irónico
Pocos personajes logran arrancarle al lector una carcajada a la vez que le arrancan las uñas a un personaje. Sand dan Glokta logra esto y más, pero no es su humor, seco e irónico, lo que vuelve su narración interna irónica también. Por lo menos no es solo eso.
Debatí mucho cómo llamar a este extremo. Jugué con otros términos, como realista y humorística, y de hecho creo que mi uso de «irónica» lleva dentro suyo las connotaciones de ambos, pero es, también, más grande que la suma de sus partes. La narración interna irónica se caracteriza por un compromiso implacable con la verdad de las cosas, con ver el mundo tal como es y no como creemos que debería ser (pero aún, como queremos que sea). Es la ironía posmoderna de la pérdida de fe en las Grandes Narrativas, es el desencanto con el mundo, es la reacción reflexiva de la risa ante la tragedia. Es realismo y humor.
Glokta representa esto mejor que nadie. Es un personaje resignado, que sufre bajo el peso de conocer íntima y personalmente el nefasto funcionamiento del mundo: su indiferencia, su manifiesta falta de justicia, de meritocracia, de sentido. En la primera trilogía de La Primera Ley, es Glokta quien eventualmente descubre al maestro titiritero, la verdad detrás del velo. Comprende, además, su propio rol en el mundo. Su narración interna carece de maniqueísmos, de autoengaños. Esto es lo que posibilita su ascenso en el orden social de la Unión.
Ahora, al contrario de lo que muchos puedan creer, la narración irónica no es ni neutral ni fácil de mantener. No es el default ni el estándar. Glokta constantemente se tiene que recordar a sí mismo la «verdad de las cosas». Un cuerpo flotando en el muelle. Es una letanía, un compromiso, día a día, con el desencanto. También es un abandono total de la imaginación: el acto de pensar en otros mundos, otros yos. Una narración irónica, en su aspecto más extremo, es el realismo radical: así son las cosas, así han sido siempre y siempre lo serán.
Cuando uno narra el mundo de esta manera, el humor es fundamental, pues es la única válvula que le permite al irónico aliviar la presión de vivir bajo el peso del realismo radical. Reír para no llorar. Reír para poder actuar. El humor ácido y sarcástico de Glokta es una reacción necesaria al ver el mundo solo (!) por lo que es.
Leo dan Brock: el fantasioso
Leo dan Brock, por otro lado, es el rey del engaño. Si Glokta observa el mundo sin tapujos, Leo se pasea por él con un saco sobre la cabeza y, para asegurarse, con los ojos bien cerrados también. Padece de una ceguera total cuando se trata de asumir sus fallas y limitaciones, llamarlo arrogante como que se queda corto, y muestra cero entendimiento sobre el funcionamiento político, social y económico del mundo.
Si la narración irónica carece de imaginación, la narración fantasiosa se caracteriza por un tipo de imaginación completamente carente de fundamentos factuales o empíricos. Es Leo dan Brock, diciéndose a sí mismo y a quien lo escuche que es un gran general cuando es su madre la responsable de sus victorias. Es Leo dan Brock, creyendo que ha logrado forjar una amistad con su enemigo mortal cuando es su esposa la que ha tirado de los hilos. Es Leo dan Brock, incapaz de reconocer la atracción y el deseo que siente por su mejor amigo porque esos sentimientos simplemente no encajan con la imagen que tiene de sí mismo. Es su compromiso, total y enfermizo, con la idea, la imagen, la fantasía del Joven León.
La narración fantasiosa es un autoengaño. Sobre el mundo y uno mismo. Es la ceguera voluntaria, la falta total de autorreflexión. El acto de ignorar toda evidencia que apunta en la dirección contraria al camino que existe solo en tu cabeza. En su forma más radical, es la locura: vivir y accionar bajo un marco irreal, siguiendo parámetros que no coinciden con la realidad factual. Es, en simples términos, actuar como el Joven León cuando uno no es más (ni menos) que solo Leo.
Y la narración fantasiosa va incluso más allá, pues impone su versión de la realidad por sobre todas las demás. Una persona que narra su vida fantasiosamente no se contenta con ser loco solo, busca compañía. Busca moldear la realidad a su imagen y semejanza, hasta que el mundo corresponda con la historia que se cuenta a sí mismo. Es Leo dan Brock, precipitando una guerra civil para ser el salvador que él ya se sabe.
La narración fantasiosa es, además, inmune a toda lógica, pues no admite ni argumento ni prueba que debilite sus pilares narrativos. No puede. Una de las características más reprochables de Leo, lo que lo marca como uno de (sino él) más fantasiosos de toda la saga, es su completa inhabilidad de escuchar los consejos de su madre o sus amigos más sensatos. Al que narra su vida fantasiosamente no se le puede interpelar con lógica, solo con manipulación: por eso son Savine, Heugen y eventualmente Jurand quienes llegan a «manejarlo». No lo hacen a través de argumentos lógicos, como intentaba hacer su madre, sino que entran al juego y le hablan directamente a su fantasía: Leo, el salvador del pueblo. Leo, el caballero justo y noble. Leo, el único capaz de ayudar.
¿Y qué pasa cuando el fantasioso es confrontado con la realidad? Pues hay dos opciones: o cierra los ojos fuertemente y escinde de su vida el elemento disruptivo, como hizo Leo con Jurand después de Sipani, o bien es forzado a reevaluar su percepción del mundo y de sí mismo, como hizo su padre, mi querido Jezal, después de que un mazazo le desconfigurara la cara. (¡Larga vida al simbolismo!).
Es por eso, pues, que el enemigo natural de la narración fantasiosa es el humor. La ironía. Como bien dice Orso, Leo sufre de «una falta imperdonable de sentido del humor». Y esto lo condena. La capacidad de reírse de uno mismo es clave para la autorreflexión. Una narración como la de Leo, en la que él siempre tiene la razón, siempre hace lo correcto, se destruye si se somete a un mínimo de sarcasmo. La ironía desenmascara: igual que el negativo de una foto pone la realidad en simples matices, este tipo de humor expone la verdad de las cosas. Y no hay nada más anatema para la fantasiosidad que la confrontación con la realidad.
Orso dan Luthar: el sincero
Orso dan Luthar, por el contrario, sí que sabe reírse de sí mismo. Generalmente de una manera bastante autocrítica. Esto ya lo pone firmemente en la categoría de narración irónica. Pero Orso, más que cualquier otra cosa, representa una posición particular desde la cual actuar: la sinceridad.
Hay algo tierno en Orso, algo que invita al cariño y la admiración, a pesar de que es un treintón que nunca ha hecho nada con su privilegiada vida. Y no solo lo sienten los lectores, como es evidenciado por la plétora de comentarios del tipo «¡nunca pensé que me encariñaría tanto de él!». Los propios personajes parecen gravitar hacia él. Orso goza de una lealtad que pocos personajes de La Primera Leypueden presumir. Somos todos Savine, imposiblemente atraídos por su, um, su algo.
Y bueno, ¿qué es ese algo? Orso, para mí, es el ejemplo perfecto de una actitud hacia el mundo sincera. Un personaje que se mueve por el mundo y actúa siempre desde un honesto deseo de participar en él. De verse involucrado. Lo que caracteriza a la actitud sincera es el nivel de vulnerabilidad a la que se expone la persona sincera. Pues la sinceridad conlleva implicación, conlleva necesariamente ponerse en manos de otros. Conlleva, también, reconocer esto no solo como una necesidad fundamental de la vida humana, sino como el sentido mismo de la vida humana.
Orso hace esto una y otra vez. Es vulnerable con Savine, a quien nunca deja de amar, aunque le duele, es vulnerable con Hildi, aunque sabe que puede ser arrebatada de su lado en cualquier momento, es vulnerable al confiar en Tunny, y siente el dolor de su traición cuando la cree verdadera. La característica fundamental de una actitud hacia el mundo sincera es tener el corazón abierto, aunque esto te expone inevitablemente al dolor de la pérdida. Porque reconoce, y sabe, que sin estas conexiones la vida no es digna de ser vivida. Es por eso que, a pesar de su traición, en su últimos momentos recuerda a Rikke con nostalgia y cariño.
Un actitud sincera también implica trabajar bajo un horizonte que contempla la creación de un mundo compartido, un mundo común. El sincero entiende que no se pueden efectuar cambios solo. Sabe que la guerra la peleamos todos.
Esta sinceridad es atractiva. Especialmente en un mundo en el que la otra opción parece siempre la más sensata. Es esto lo que le gana a Orso la lealtad y la admiración de los demás. Lo que lo vuelve un centro de gravedad para personajes y lectores. Porque hay que ser valiente para ser vulnerable. Y nadie es más valiente que Orso.
Savine dan Glokta: la cínica
Al otro lado del espectro tenemos a Savine. Ella representa mejor que nadie la actitud hacia el mundo contraria: la cínica. El cinismo, en este sentido, nombra una creencia generalizada que piensa al ser humano como un animal motivado por el interés propio y la satisfacción de sus deseos básicos: de seguridad, de poder, de placer. De esa creencia nace la actitud correspondiente: el cierre hermético a cualquier implicación honesta con el mundo y sus habitantes.
La actitud cínica se caracteriza entonces por un rechazo total a la idea de interactuar con el otro y con el mundo. Es un mecanismo de defensa que evita posicionar al narrador cínico en situaciones vulnerables. En Savine se manifiesta como la transformación de todas sus relaciones interpersonales en transacciones interpersonales. Savine actúa siempre desde una posición de distancia. Trata a los demás como medios, nunca como fines. No ve seres humanos, ve números, estadísticas, dinero o la potencia de generar dinero.
No hay escena más ilustrativa de esta actitud que su reacción al descubrir a los niños que trabajan en su fábrica en Valbeck. Inmediatamente los deshumaniza, los vuelve contables, los imbrica en un marco económico para poder interactuar con ellos desde la seguridad de la distancia y la frialdad de la economía, escapando así del horror que conlleva implicarse con ellos a un nivel sincero.
La actitud cínica imposibilita la creación de vínculos honestos con otros individuos y también cierra la posibilidad de involucrarse con el mundo común. Aísla al narrador cínico de cualquier comunidad, de cualquier proyecto a futuro que tenga como horizonte el mejoramiento de la mayoría. Porque comprometerse es peligroso e involucrarse fatal.
El círculo del mundo
Habiendo (espero) esclarecido un poco a qué me refiero con estos cuatro términos, nuestro gráfico se debería ver algo así:

Pero la realidad (como siempre) es más complicada. Aunque haya usado a estos cuatro personajes para ilustrar las características fundamentales de los puntos cardinales del sistema de coordenadas de la maldad, en realidad el gráfico se ve más así:

(Con algunos añadidos).
No se pueden divorciar los ejes, y las coordenadas siempre son dos, pues la manera en la que los personajes perciben el mundo y a sí mismos influencia directamente la actitud con la que se mueven en él. De la misma manera, las consecuencias de sus acciones pueden corroborar o desmentir su visión del mundo, influenciando estos parámetros. Y así en un eterno círculo.
Así pues, Leo es fantasioso y sincero, porque a pesar de vivir estancado en una fantasía de su propia creación sus acciones están motivadas por un deseo sincero de participar, de involucrarse, y sí forja vínculos con otros y con el mundo, aunque ciertamente están coloreados por su fantasía: su narración fantasiosa lo hace creerse invencible, por ejemplo, y por eso no está preparado para enfrentar la muerte de sus amigos, y se involucra con un proyecto de mundo a futuro en tanto él es el líder, el creador, el salvador.
Savine es cínica y fantasiosa. Su fantasía se basa en la imagen que tiene de sí misma como una mujer de negocios enteramente racional y capaz de hacer lo que sea necesario para progresar. Su cinismo se alimenta de su narración fantasiosa, tomando prestado el marco capitalista a través del cual percibe todas sus interacciones con los demás y con el mundo.
Glokta es irónico y cínico, lo que podríamos llamar posmoderno. En su caso, el reconocimiento de la crueldad de su realidad lo mueve a recluirse por completo y a rechazar su implicación con el mundo, con las relaciones humanas sinceras, con el sentido de la vida misma.
Orso es irónico y sincero, una mezcla que también ha sido llamada metamoderna. Es la capacidad de ver las cosas como son, pero sin dejarse caer en el pozo de desesperación que esto tiende a causar. El salvavidas, en este caso, es el reconocimiento de la necesidad de la vulnerabilidad para vivir una vida digna y que vale la pena ser vivida.
Giros en la trama
Ahora, estas narraciones no son estáticas. Todo lo contrario. Creo que se puede trazar el desarrollo de los personajes siguiendo su trayectoria en el sistema de coordenadas de la maldad. De esta manera, un gráfico más dinámico se vería algo así:

Los nombres en gris indican su posición original y los nombres en negro el fin de su trayectoria.
Al final de la saga, por ejemplo, la visión de Glokta de sí mismo se vuelve mucho más fantasiosa que irónica. En su confrontación final con Savine, le dice que todo lo que ha hecho lo ha hecho para salvar a la Unión de Bayaz. Y es su hija, Savine, que ha dejado atrás la fantasiosidad por la ironía, forzada hacia el cambio por sus experiencias en Valbeck (que le mostraron lo verdaderamente vulnerable que es) y la maternidad (que le arrebató cualquier pretensión de distancia hacia el otro), quién lo encara con la verdad: tú te quieres convertir en Bayaz. El hecho de que Glokta lo niega, que no es capaz de ver la verdad de los argumentos de su hija, es lo que indica que ha caído en la narración fantasiosa.
El caso de Leo y Savine también es significativo, pues ambos terminan en cuadrantes diametralmente opuestos, respectivamente. Leo pasa de tener una narrativa fantasiosa a tener una visión del mundo muchísimo más irónica. La realidad irrumpe con tanta fuerza en su mundo fantasioso que es imposible seguir adelante sin recalibrar su entendimiento de este y de sí mismo. También deja atrás toda su sinceridad, tomando en brazos el escudo del cinismo para protegerse del dolor de la pérdida de sus amigos, de su cuerpo y la historia que previamente les daba sentido a todos los acontecimientos de su vida. Creo que no hay mejor símbolo de esto que su total desdén hacia sus hijos. Leo se rehúsa completamente a involucrarse con ellos. Tiene que protegerse a toda costa. Y preocuparse por el otro, aunque el otro sean sus hijos, es exponerse.
En cambio, al final de la saga, Savine, ahora firmemente en el ámbito de la ironía, encuentra la manera de volverse más sincera en sus acciones. Siente una necesidad urgente por algo de sentido, algo de significado. Esto no puede haber sido para nada. Y aunque claramente su necesidad de seguridad y protección siguen siendo su motivación principal (es por algo que no la pongo junto a Orso) sí que está más abierta a formar relaciones que la vuelven vulnerable. Ejemplo: sus hijos.
Otros ejemplos que me parecen importantes mencionar son Logen y Vick. Ambos tienen una evolución parecida. Pasan de una actitud cínica que evita toda vulnerabilidad a una actitud mucho más sincera, que se abre a la posibilidad de encontrarle un sentido a la vida a través del forjamiento de vínculos con los otros. La diferencia clave es que Logen nunca llega a desengañarse. Nunca logra deshacerse por completo de la fantasía de que es una mejor persona de la que es verdaderamente. El hecho de que nunca logra contarle a Shy sobre su pasado, pues esto sería una interrupción total de la historia que se cuenta a sí mismo, la introducción de lo real en la fantasía, lo ejemplifica muy bien.
De manera similar (pero fundamentalmente diferente), Vick empieza la trilogía desconfiando de todos, manteniéndolos a distancia. Luego empieza a forjar un vínculo con Tallow, y el desarrollo de su relación es el paso de Vick del cinismo a la sinceridad, a la vulnerabilidad. Al final de la saga, Vick toma la decisión de dejar atrás la Unión para ir en busca de un nuevo comienzo. Esto es, en mi opinión, admirable: con la traición de Tallow fresca en la mente, igual es capaz de reconocer su deseo de interactuar honestamente con los demás. Reconoce en sí misma su deseo de ser leal a las personas. Y aunque la última vez que lo hizo terminó en traición y dolor, es lo suficientemente valiente para intentarlo de nuevo. El rechazo de la oferta de Glokta marca la diferencia entre los dos: ambos irónicos, pero una dispuesta a sobrellevar las terribles contingencias de la vulnerabilidad. El otro, no.
Orso es uno de los pocos casos donde no hay ninguna (o en todo caso, muy poca) trayectoria. Su arco de personaje se apoya mucho más en la formación de nuevas habilidades, pero esto no afecta mucho su visión del mundo ni su actitud. Orso muere como vive: riéndose del mundo, de sí mismo, (más importante: de Leo) pero siempre riéndose de todo corazón.
Bajando paso a paso, cuento a cuento
¿Y qué carajos tiene esto que ver con la maldad?
Algunos (pocos) párrafos atrás dije que el descenso por el barranco de la maldad no se da solo cuando uno siente ciertos sentimientos o desea ciertas cosas. Generalmente, estos primero tienen que ser encauzados, justificados.
Leo no quiere ser rey. El Joven León sabe que él es el único capaz de salvar al pueblo de la terrible corrupción del gobierno. Savine no es una mala persona, es una mujer de negocios inteligente y racional haciendo lo que hace todo el mundo, solo que mejor. Glokta es un torturador, es verdad, pero el mundo es injusto y cruel, es lógico que él se vuelva injusto y cruel también.
(¿Y Orso?
Orso hace lo mejor que puede, pero en El Círculo del Mundo lo mejor nunca es suficiente.)
Somos homo narrans, seres narrativos. Y qué son las historias, sino un deseo dado palabras, un sentimiento dado sentido. La Primera Ley y sus personajes son una indagación de la principal herramienta que usamos para justificar nuestra maldad, nuestra violencia. Estamos viendo, observando como voyeurs a través de la ventana que nos abre la prosa de Abercrombie, la maquinaria con la que estos personajes racionalizan sus delitos, sus fallas. Del deseo, del pensamiento, del sentimiento a la acción no hay un solo momento. Hay una sola historia, contada y escuchada en menos de un segundo (Luque, 93-94).
Las novelas de Abercrombie desarrollan estas narraciones internas en trágica y terrible lentitud, dejándonos ver exactamente cómo los personajes se justifican a sí mismos sus trágicas y terribles acciones. El detalle que prendió en mí el fuego de esta idea fue que, de un momento a otro mientras leía La Era de la Locura, me di cuenta de que la frase «se dijo a sí mismo/misma» aparecía muy pocas veces. Y cuando lo hacía siempre era en momentos clave. Y solo lo hacía en las narraciones de unos cuantos personajes. (¡Sorpresa!: en la de Leo su aparición es casi nula). Y cuando noté esta falta, empezó a brillar por su ausencia en toda la saga.
Abercrombie borra de la narración interna de sus personajes toda señal de su propia narración. El grado de identificación que tenemos nosotros como lectores con los pensamientos de los personajes es inmenso, la distancia es desechable. Nunca es «Leo se dijo a sí mismo…» Nunca es «Savine se creía inteligente…». Esto sería explicitar la maquinaria. Volver obvio lo que funciona solo en la ignorancia. La técnica de Abercrombie es limpia, detallista, meticulosa. Su estilo es brutal, íntimo, personal. Juntos crean una narración de la maldad que es, Dios nos salve, comprensible. Es coherente. Es racional. Tiene, agárrense, sentido.
Porque las acciones de los personajes son condenables, son inmorales. Uno sabe, claro, que lo que están haciendo está mal. Pero bueno, su mundo es muy cruel. Y no tienen otra opción. Están casi forzados a actuar de esa manera. ¿Acaso no leíste el libro? Qué culpa tienen ellos del mundo en el que viven.
Ah, qué insidiosa que es la narrativa, cuán sutil su transformación de excusas en razones, de justificaciones en lógica. Alquimia pura. Magia de la real.
Buenas y peores noticias:
1) Todos tenemos ganas de pegarle a alguien de vez en cuando. Todos queremos sentirnos seguros, protegidos. Todos deseamos cosas que, si las vocalizase alguien más, fingiríamos nos disgustan. Todos nos preguntamos qué estaríamos dispuestos a hacer, hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar, para conseguir eso que yace latente en nuestra definición de la palabra «deseo».
Pero, y estas son las buenas noticias, lo que diferencia a los malos de los buenos son sus acciones. Tener «malos» sentimientos no te hace mala persona. Actuar mal te hace mala persona (Luque, 93).
2) Peores noticias: lo que motiva al malo a ser malo es su capacidad de racionalizar su maldad. Y este proceso de racionalización es nada más (y nada menos) que el hilvanado de una historia. Es la creación de una narrativa. Y estas son las peores noticias de todas: todos contamos historias.
Lo hacemos todos los días. Lo hacemos interna y externamente. Lo hacemos porque no sabemos hacer otra cosa. Pero más buenas (?) noticias: no todos somos tan buenos narradores como Abercrombie, como Leo, Savine o Glokta. Esto quiere decir que, con un poco de suerte, tampoco somos tan hijos de puta como los antes mencionados. Abercrombie incluido. (Mató a Orso. Qué más explicación necesito). Gracias a Dios no tenemos el arrollador e implacable talento de tejer nuestras fallas e inmoralidades en una narración coherente y cohesiva que nos permita ir a dormir tranquilos. ¡Felicidades!
La Primera Ley es, claro, una exageración de estos procesos de justificación narrativa. Y debería ser tomada como eso, una exageración. Pero la exageración ilustra. Parte siempre de algo real y lo estira hasta que sea imposible de ignorar. La Primera Ley es, como dijo el propio Abercrombie, lo que surgió de su deseo de entender de dónde viene la violencia que nos hacemos. Y yo creo que dio en el clavo. Al ralentizar la maquinaria interna que la actualiza para ofrecernos una ojeada de sus engranajes, al llevar el contexto que hace del borde del barranco una resbaladiza trampa a los límites de lo posible, vuelve las acciones de los personajes inmorales, sí, pero aceptables (Luque, 101).
Y si podemos aceptar eso, ¿qué más somos capaces de aceptar?
Conclusión: tag urself, i guess
Y ahora pues, la pregunta del millón: ¿cómo sé cuál es la narración de mi propia historia?
Sé que es muy difícil resistir la tentación de asignarse una etiqueta (más) sobre la cual uno pueda seguir construyendo la torre eternamente tambaleante de la propia identidad. Pero no hay problema. En este caso, creo que saber dónde encaja uno en el sistema de coordenadas de la maldad puede ser de bastante ayuda, aunque esto no tiene mucho que ver con la identidad. Sí tiene que ver, sin embargo, con la moral.
Ahora, creo que hay tipos de narración más dañinos que otros porque creo que hay historias que nos vuelven más propensos a la maldad en tanto asimilan mejor y más rápido nuestras posibles acciones dentro de un sentido narrativo. Porque camuflan con mejor técnica y habilidad las excusas y las justificaciones como lógica y razón. Porque hay historias que soportan mejor los embates de la realidad que otras. Porque hay historias, en fin, que son mejores historias que otras.
Así que ciertamente mi primer consejo sería, dentro de lo posible, evitar caer en el lado extremo de lo fantasioso. Hay una razón por la cual Leo es uno de los personajes más odiados de todo la saga, una razón por la cual todos aplaudimos cuando Orso le pregunta qué tal está su pierna. No hay nada más desagradable que una persona que se empeña en vivir una mentira, peor aun cuando esa mentira tiene que ver con qué tan buena es la persona en cuestión (o tan trágica. Tampoco tendemos a encariñarnos con quienes, en busca de simpatía, actúan como si fueran siempre la víctima).
La narración fantasiosa también, como hemos visto, es contagiosa: nunca afecta solo al enfermo. ¿Cómo hacer para saber si has contraído el virus? Pues si en tu monólogo interno eres siempre simultáneamente el héroe y la víctima, hazte chequear. Como esto puede ser difícil de autodiagnosticar, el primer síntoma que hay que tener en cuenta es si te has reído de ti mismo en los últimos días.
He insinuado, creo, que el extremo de la ironía es la mejor opción. Y no me retracto, pero sí quiero ofrecer unas cuantas advertencias: aunque sí creo que la sinceridad y la ironía pueden coexistir, es verdad que es un balance muy fino. El campo de la ironía no es suelo fértil para la sinceridad, pues camufla su honestidad en sentidos dobles y humor negro. La ironía desenmascara, pero corre siempre el peligro de desencantar, de rechazar totalmente la imaginación sana y de condenarse al reino de lo posible, salando por completo el jardín y matando cualquier posibilidad de una actitud sincera hacia el mundo y el otro. Pues para reconocer la humanidad de un ajeno, uno tiene que poder imaginarselo humano. Y para eso se necesita la fantasía.
La sinceridad, como sí espero haber insinuado con suficiente habilidad, es la única manera de vivir una vida digna de ser vivida. Ahora, entiendo el instinto de autoconfinación, de cuarentena, en especial si uno tira por el lado de la ironía. Pero esa no es la solución, queridos. La vida se vive en común. Y esto implica implicarse en el mundo, con el mundo, con los otros, por los otros. Implica, también, ser vulnerable (Garcés, 22). Implica, a veces, que se rían de ti por creer en algo, por querer darle un sentido a la vida. Implica, muchas veces, que se destruya ese sentido a tu alrededor, que la pérdida y el dolor te hagan dudar si valió la pena. Implica, siempre, recoger otra vez los pedazos y volver a plantar el jardín para así poder sentarse un rato, en buena compañía, a ver las flores crecer.
Sin embargo, como buena aristotélica, mi consejo final es este: hay que buscar el justo medio. El balance, así dicen los yoguis, es clave. Los personajes de La Primera Ley son extremos porque es en los límites y los márgenes donde la ficción interroga las maquinarias de la moral y la ética. La exageración es ilustrativa (Luque, 75). Pero no es muy práctica.
No creo que sea adecuado ni sano o productivo narrar solo fantasiosamente. Pero tampoco lo es hacerlo solo irónicamente. El compromiso implacable con el realismo es insostenible, aunque uno lo intente aliviar con el humor. Es como tratar el síntoma sin enfrentar la enfermedad. Un cierto grado de fantasiosidad, o mejor dicho de fantasía (y es en este sentido, creo yo, que debería ser siempre usada la palabra que tanto amo y nada ha hecho), es necesario. Es fundamental nutrir la fantasía, el tipo de imaginación que tiene la cabeza en las nubes pero los pies en la tierra, no solo porque es el campo fértil de donde nace la empatía, sino porque es el reino por excelencia de la diferencia. De la alteridad. Y todo intento de mejora, ya sea personal o común, moral o no, ha partido siempre de la pregunta: ¿acaso no hay otra manera de hacer las cosas?
También, aunque me duele admitirlo, uno no puede andar por el mundo con el corazón palpitante recogido en las manos, chorreando sangre por el suelo. Algo que me hubiera gustado poder decirle a Orso: es natural, es necesario, protegerse. Más que murallas, sin embargo, más que la distancia y la frialdad, recomiendo otro tipo de arquitectura como método de defensa: la atalaya. Que tu cinismo sea una torre de vigilancia, una luz que descubre y alerta, no una muralla que ensombrece y condena.
Después de todo, tal vez sí tenía razón en desconfiar de todo ensayo (incluso del mío, probablemente aún más del mío) que se basa en la taxonomía. Pero al igual que los personajes de Abercrombie, este sistema es una exageración. Espero que esclarezca, que ilustre. Si no es mucho pedir, espero que te deje con un nuevo lenguaje, una nueva manera de pensar las cosas. Si es mucho pedir, me contento con un suave resoplido de interés.
Referencias
Las cosas como son y otras fantasías – Pau Luque
Un mundo común – Marina Garcés
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