La crítica como acto de amor ¡Guardias! ¡Guardias!: Terry Pratchett vs. los estereotipos
Adentro mío hay dos lobos. Uno es lector. El otro editor. Se alimentan de lo mismo, pero uno tiene el apetito de un náufrago y el otro el paladar de un crítico. Siempre pensé que no había manera de hacer que se llevaran bien. ¿Cómo? Si uno está cegado por amor y el otro ha sido entrenado a golpes para encontrar fallas en la más profunda oscuridad. Cada vez que abría un libro se mostraban los dientes y empezaban a aullar. Si no se mataban entre ellos, pensaba, iban a acabar conmigo y mis ganas de leer. (Que son, en realidad, la misma cosa).
Por lo menos eso pensaba hasta que llegó Terry Pratchett silbando tranquilo a sentarse en frente de las bestias. Las domó con una sola historia. ¡Guardias! ¡Guardias! los satisfizo a los dos. Pratchett logró burlarse del género que yo más amo sin ponerme a la defensiva, porque no solo criticó el estancamiento en el que se encontraba la fantasía de su época, sino que se remangó los pantalones, entró al pantano y comenzó el arduo trabajo de sacarla de ahí.
Hoy te voy a contar cómo. (¡Spoilers!)

Pero primero un poco de historia.
Hay que entender cómo se veía el panorama de la fantasía cuando Pratchett empezó a escribir Mundodisco, la saga a la que pertenece ¡Guardias! ¡Guardias!, porque no se parece casi en nada al que tenemos hoy.
La primera novela de la saga, El color de la magia, fue publicada en 1983 y otrora, en esos inmemoriales tiempos, la fantasía como género no lograba salir todavía de la larga sombra de J. R. R. Tolkien. El señor de los anillos básicamente consolidó lo que hasta ahora entendemos como el género fantástico y su publicación tuvo tanto impacto que por mucho tiempo el mercado estaba saturado de copias (de mejor o peor calidad) de sus libros. Había muy poca innovación, mucha repetición. Es un proceso natural y necesario en la consolidación de lo que entendemos como un género literario, pero también es verdad que se vuelve muy aburrido bien rápido.
Y entonces llega Terry Pratchett con El color de la magia. La novela es una parodia clara de los clichés más conocidos del género y es bastante directa (y poco sutil) en su crítica de la fantasía. Se ven los comienzos de lo que llegaría a ser una de las sagas más renombradas y queridas del género, pero no sería hasta seis años después, con la publicación de ¡Guardias! ¡Guardias!, que veríamos por primera vez el tipo de parodia y crítica por la que el Mundodisco es conocido.
Porque ¡Guardias! ¡Guardias!, además de ser uno de mis libros favoritos (claramente el más alto honor que se le puede conceder a un texto), es también un punto de inflexión. Es con esta novela que la parodia de Pratchett cambia, que pasa de ser el niño mocoso del kindergarten que se ríe cuando te caes del columpio a ser el niño mocoso que se ríe sí, porque fue tu culpa pensar que podías volar, pero también te ayuda a pararte y te desempolva los hombros.
Porque ¡Guardias! ¡Guardias! entiende la burla como una herramienta fundamental de la crítica.
El primer paso de una (buena) crítica es establecer lo que uno va a criticar. Llamar la atención del lector y colocarla ahí donde está el error que uno espera corregir. Buenos días, ¡aquí está la primera bandera roja! Para hacer esto, Pratchett usa la risa. A través de la exageración de los clichés y estereotipos de la fantasía, Pratchett vuelve ridículo lo que tomamos por normal. La risa es reflexiva, las carcajadas abruptas y tan poco comunes durante la lectura que el mero hecho de soltar una risita fuerza al lector a parar. A reflexionar.
Un buen ejemplo son los habitantes de Ankh-Morpork, la ciudad donde toma lugar la novela. Viven siguiendo ciertas costumbres y tradiciones a las que se adhieren estrictamente, y que son, además, un reflejo de los estereotipos del género. Cuando aparece un desconocido para matar un dragón no dudan en coronarlo rey, por ejemplo, porque, como dice un sabio ciudadano: «Cuando un forastero llega a una ciudad aterrorizada por un dragón, y lo desafía con una espada deslumbrante… bueno, sólo puede suceder una cosa, ¿no?».
Nadie se pregunta si de verdad tiene sangre real o si está mínimamente cualificado para el trabajo. (Bueno, uno sí, pero de él hablaremos más tarde). La única calificación que necesita el desconocido es cumplir con las expectativas del género fantástico. Comportarse como el héroe. Cumplir el rol. Acatar con el arquetipo.
Mi ejemplo favorito, sin embargo, es otro. Cuando tres miembros de la Guardia Nocturna están intentando matar al dragón (de verdad debieron preguntarle por sus calificaciones a ese supuesto caballero), basan todo su plan en ese terrible cliché que plaga los libros de fantasía y las películas de acción: la posibilidad de una en un millón. Ese momento en el que el héroe llega justo en el momento exacto para rescatar a la princesa. O se salva por un pelo de la muerte. O clava su espada justo ahí donde la armadura es más débil. En fin.
Pratchett, claro, lleva el concepto a su máxima expresión absurdista y terminamos con una escena en la que están dos guardias dirigiendo a un tercero, que va a intentar dispararle una flecha al dragón. ¿Por qué no cierra los ojos? Y mejor que se pare en un solo pie también. ¿Y por qué no da un par de vueltas? Después de todo «sólo funcionará si la posibilidad es verdaderamente de uno contra un millón (…). Nadie ha dicho nunca ‘Es una posibilidad de uno contra 999.943, pero puede funcionar’». Y es mejor asegurarse.
(Se va aclarando mi punto sobre la exageración).
¿Y lo mejor? ¡Funciona! Claro que funciona. Seguimos en una novela de fantasía. Pero no de la manera que ellos creen. No llegan a matar a la bestia, pero cuando el dragón se da media vuelta y empieza a escupir fuego en su dirección, pues resulta que la probabilidad de que sobrevivan es justo una en un millón.
Porque lo más fantástico del Mundodisco no son los dragones, ni la magia. Es que tiene reglas.
Y no las rompe.
Pues no son solo los ciudadanos de Ankh-Morpork los que actúan acorde a las costumbres y tradiciones de los estereotipos del género fantástico. Las leyes naturales del Mundodisco también están regidas por los mismos estereotipos. Mejor dicho, los estereotipos de la fantasía son las reglas naturales que rigen el Mundodisco.
Pero ¿acaso no he dicho que Pratchett quiere sacar al género fantástico del pantano en el que se encuentra? ¿No es un poco contraproducente, entonces, basar su mundo entero en los mismos estereotipos que busca criticar y renovar?
Bueno, es que ignorar los estereotipos es imposible y pretender que no existen es un trabajo en el que solo se embarcan los testarudos. La originalidad en la producción literaria no es la creación desde la nada. Es la reconfiguración de formas y elementos que existen, han existido, seguirán existiendo.
Cuando uno se enfrenta a los estereotipos solo tiene dos opciones: usarlos o dejar que te usen.
En ¡Guardias! ¡Guardias! la primera opción la representa Samuel Vimes, el capitán de la Guardia Nocturna. En cualquier otro libro de fantasía de la época no debería haber sido más que un personaje sin nombre, hecho para morir. Como dice Pratchett en la dedicatoria del libro, su estereotipo tiene solo una función: «más o menos a la altura del capítulo Tres (o a los diez minutos de empezar la película) entran a saco en una habitación, van atacando al héroe de uno en uno, y mueren por orden».
Pratchett, sin embargo, coloca a Vimes en el rol de héroe, a pesar de que Vimes definitivamente no sería la primera opción de la agencia de casting: es alcohólico y no muy fuerte, no tiene linaje real ni un gran secreto… Lo que lo hace un héroe en el mundo de Pratchett es que es uno de los pocos personajes que se rebela contra las tradiciones del mundo en el que vive. Es el único, por ejemplo, que se cuestiona por qué deberían coronar a un completo extraño.
Esta rebelión contra las costumbres de su sociedad significa también rebelarse contra los límites de su estereotipo, de su rol en la historia. Es algo que se trata explícitamente en el libro. Vimes desobedece al Patricio, el presidente de Ankh-Morpork (¿qué mejor representación de las costumbres de la ciudad, y por lo tanto de la fantasía, que su líder político?). El Patricio despide a Vimes por su insubordinación. Y con ese acto literalmente le quita su rol, lo cual deja a Vime totalmente perdido, sí, pero también lo libera de los grilletes de su estereotipo, dejando libre la posibilidad de que tome otro rol. De que evolucione. Que trascienda.
Y esto es justo lo que hace. Una vez liberado, lo vemos poco a poco (y a regañadientes, es verdad) tomar el rol de héroe. Tanto así que otros lo empiezan a reconocer como tal: los guardias del palacio, por ejemplo, tienen miedo de atacarlo, porque «eran tan conscientes como cualquiera de las convenciones, y cuando a los guardias se les ordena atacar a un hombre solo en circunstancias acaloradas, no es un buen momento. Seguro que el muy cerdo es un héroe, estaban pensando».
Gracias a su rebelión contra los estereotipos, Vimes logra trascenderlos.
El antagonista de la novela, en cambio, es otra historia. Aunque tal vez sería mejor decir que es la misma historia. La misma que se ha contado mil veces. La que abunda en el pantano.
Porque el villano de ¡Guardias! ¡Guardias! es Lupine Wonse. El pobre y olvidado secretario del Patricio que quiere ser quien controle la ciudad. Y es el opuesto total de Vimes. Ahora, Wonse sí entiende cómo funcionan las reglas del Mundodisco. Reconoce las tradiciones y costumbres de Ankh-Morpork lo suficientemente bien para saber cómo aprovecharse de ellas, para intentar manipularlas. (Es él quién manda a ese caballero a matar al dragón, después de todo. Su plan es instalarlo como rey y manejar la ciudad desde las sombras). Pero nunca las cuestiona. Nunca las trasciende. Es esta falta de reflexión lo que lo condena. Porque lo que Wonse no se da cuenta es que él es el villano, y el villano nunca gana. No en este mundo. Al no reflexionar sobre su rol y lo que significa realmente, no logra trascender. Y no tiene más remedio, entonces, que ser parte de la misma historia. De escribir(se) el mismo final.
Esta diferencia entre Wonse y Vimes queda bien clara al final de la novela. Cuando la Guardia Nocturna y Vimes lo acorralan, Vimes le dice a uno de los guardias, que no entiende de metáforas, que todo el peso de la ley debería caer sobre Wonse. Tomando la orden literalmente, el guardia le avienta un libro a la cara a Wonse, que se cae por la ventana del edificio y hacia los brazos de la Muerte.
No es coincidencia que el libro, en un bello uso de simbología, se titula Las Leyes y Ordenanzas de Ankh-Morpork. El mismísimo libro que recopila las normas de comportamiento de la ciudad, sus costumbres y tradiciones. A Wonse lo matan las leyes narrativas y los estereotipos que no supo trascender. Porque como dice el Patricio sobre Wonse: «era un buen sirviente, pero un amo poco eficaz».
Y siempre hay que ser el amo de los estereotipos, nunca su sirviente.
Yo creo que esto no es solo un mensaje para Wonse. Es un mensaje para la gran mayoría de autores de fantasía de la época. Y uno que todavía vale la pena difundir hoy en día también: más te vale aprender cuáles son las reglas, las leyes, los clichés, tropos y estereotipos del género que escribes. Es importante conocerlos, es más importante aún entenderlos, pero es fundamental cuestionarlos. Para así poder usarlos, como Vimes, y que no te terminan usando a ti, como a Wonse.
En resumen, para mí, la astucia de la crítica de Pratchett no yace solo en señalar y decir «oigan, es poco trillado lo que estamos escribiendo ¿no?». El valor de ¡Guardias! ¡Guardias! como punto de reflexión, lo que hace que mis dos lobos se sienten a escuchar, es que su crítica nace de un deseo honesto de querer ver progresar el género. Nace del respeto y el cariño.
Porque lo que quiere hacer Pratchett no es deshacerse de los estereotipos de la fantasía. Eso sería despojar al género de todo lo que lo hace ser, bueno, fantasía. Lo que quiere Pratchett es encontrar nuevas formas, nuevas configuraciones: castear al alcohólico como el héroe, tener dragones inútiles y posibilidades una en un millón que nunca te salvan de la manera que esperas. Es innovar respetando los fundamentos. Es sacar lo que más queremos de la fantasía del pantano y llevarlo con nosotros a aguas más limpias. Trascender.
Yo pensaba que criticar era, por definición, aprender a odiar un poco eso que amas.
Y me sentía una verdadera traidora cada vez que la editora en mí se frustraba con un tropo mal usado. ¿Cuántas veces he leído la misma historia?, pensaba, y uno de los lobos lloraba de pena. ¿Dónde está tu amor por la lectura? parecía aullar. ¿No decías que la fantasía era tu pasión? Pero si no me admitía a mí misma que hay cosas en las que el género podía mejorar, el otro lobo mostraba los dientes. ¿Y así piensas llamarte editora?
Pero ¡Guardias! ¡Guardias! y Terry Pratchett me enseñaron que la crítica puede ser, y debería ser siempre, un acto de amor. Que para criticar (bien) uno primero tiene que entender eso que critica. Y para entender (bien) uno primero tiene que aprender a querer. A amar.
Y mira tú, adentro mío hay dos lobos.
Y la verdad se llevan muy bien.
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